Archive for the ‘Xitlally Rivero Romero’ Category

Los zapatos

June 24, 2011

Desde la primera vez que entré, he mantenido una cierta debilidad por esa zapatería.

Y es que cuando uno compara, por ejemplo, la gamuza de esos zapatos contra otros, la decisión es irrefrenable. Además, ya que uno anda con ellos, resultan no sólo lindísimos, sino sorprendentemente cómodos.

Descubrir que un zapato es bello y que además se puede usar todo el día sin importar cuánto se camine y se corra y se suba es algo sumamente agradable.

Muy agradable.

Por eso todas los zapatillas que he comprado ahí las tengo guardaditas en una amplia caja azul donde lucen muy monas. A las botas intento conservarlas en sus cajas originales, para cuidarlas, pero son más inquietas y luego me las encuentro por ahí, a un lado de mi cama, recargadas en el buró o bajo la silla.

Aquel día la zapatería en cuestión tenía una iluminación azul, precisamente, y, aunque no tenía mucho dinero en el bolso, tuve que entrar.

Entré.

*

Casa convertida en antro. Varios cuartos con sillas y sillones, cortinas rosas, beige y hueso. En uno de ellos no soy bienvenida: allí está esa otra ella.

Me disculpo y me apresuro a cerrar la puerta.

Y retrocedo.

Pero ahí estás tú, mano en mi espalda, y avanzamos por el pasillo del segundo piso. Desde acá arriba se ve el viejo sillón del vestíbulo, solitario, en medio del salón, justo enfrente de la pantalla.

Qué chistoso.

Abrimos más puertas, pero ya todas las mesas y las sillas de los balcones están tomadas.

Finalmente entramos a un cuarto.

Aquí podremos hacer más cosas.

Dices que necesitas una pierna, con una zapatilla de punta, negra.

Modelo para ti. Dedos cortados. Pierna levantada, tacón al borde de la cama. Medias.

Vi unos zapatos hermosos, transparentes.

¿Transparentes?

Sí, sí. Pero se veían muy lindos. Tenían unas cositas acua y otras rosas. ¡Rosas!, ¿te imaginas?

No.

Tendrás que verlos.

Tendré.

Nunca me había puesto unas medias así.

¿De prostituta del siglo diecinueve?

¿Cómo se llaman?

No sé. Yo les digo de prostituta del siglo diecinueve.

Está bien.

Podemos ir mañana, si quieres.

También la vi a ella, y luego a otra ella. A las dos. El mismo día. Qué suerte.

Me asomo a la ventana: está muy alto.

Me pregunto si puedo arrojar un melón desde acá arriba y allá voy por el melón, escaleras abajo, dedos cortados, entro a la cocina y pido:

Un melón, por favor. Pero así, entero.

Es que no tenemos nieve de limón. Sólo hay de fresa.

No importa.

Y allá voy con el melón, escaleras arriba, dedos abiertos, entro a la habitación y voy al piso.

Cuidado.

Melón en manos, me preocupa que pueda matar a alguien.

Mejor vámonos.

*

Entré a la zapatería y rizos acuosos en tonos verdes, azules y rosados se deslizaban desde el techo y por los estantes. Ondulaban entre las sandalias, las zapatillas, los zapatos de piso, las bailarinas, las plataformas, las cuñas, los zapatos de noche, las bocas de pescado, las botas y los botines.

Había también bolsas, accesorios y unos sombreritos grises divinos en verdad.

Y, entre unas zapatillas palo de rosa con tacón prisma y unas cuñas azul cielo, estaban esos zapatos de fantasía. Transparentes. Con adornos en verde acua y rosa.

Pensé que eran zapatos para una sirena.

Tomé uno entre mis manos.

Siempre me tardo en descubrir si es el derecho o el izquierdo, pero no importa.

Al girarlo me lastimé el medio. Mi dedo. Mi cortada.

Vaya ingenio para lograr un zapato elegante con plástico transparente, y entró ella.

Ni siquiera alcancé a ver cuánto costaban.

Me sentí incómoda.

Hacía mucho que no cruzábamos palabra.

No me vio. Nunca me reconoce.

Se acercó a la vendedora; dejé el zapato en su lugar y hui.

Nunca me reconoce.

Xitlally Rivero

El coleccionista de barcos

June 24, 2011

Voy a aprovechar este momento para decirte que me gusta el rojo.

Será que, en el fondo, yo también soy una carnicera.

O será porque en el fondo hay ciertas cosas que no se dicen, pero se llevan en el cinto.

En las hombreras.

Hay que tener cuidado.

Y paciencia.

También hay que tener paciencia.

Me está venciendo el sueño.

Tu madre piensa que no soy una buena influencia para ti.

Sabe de mis escándalos.

De mis excesos.

No sabe: ha escuchado.

Así son estas cosas.

Hay mucho movimiento y las olas llegarán lejos.

Ya están cortando los quicios de las ventanas.

Y los pasos se hacen inciertos. Mis botas crujen.

El adoquín de las calles ya no aguanta.

Tenemos que llegar a la proa.

Tenemos que.

Y, de pronto, el agua corta la acera.

Brinca.

Hemos llegado al otro lado.

¿Te he dicho lo de tu madre?

Ah, sí. Ya te lo dije.

Y me asomo en esa ventana que da a la calle y, desde dentro, una mujer envuelta en toallas me arroja un peine rosa que se estrella contra el vidrio.

Me siento algo apenada pero yo qué iba a saber.

La cuadra flota, ya tranquila.

El peligro ha pasado.

Pero no: allá viene otra cuadra que aprovecha las olas para darnos alcance.

Su bandera se estremece por el viento.

¿Es que no hay ningún cañón en estas casas?

Y, de pronto, los agresores detienen su ataque.

Miran al cielo.

Hacia el cielo.

Y ahí está:

Pertenecemos al coleccionista de barcos.

Xitlally Rivero Romero

Los soldados

June 24, 2011

Hace frío.

Llego a la universidad y me detienen.

Moños negros.

Pero no lloro ni retrocedo.

No retrocedo.

Las puertas de mi universidad.

Moños negros.

No retrocedo.

–Buenos días.

–Buenos.

–Buenos días.

Pero no lloro ni retrocedo.

No retrocedo.

–Buenos días.

–¿Cómo estás?

–Bien. Muchas gracias. ¿Y tú?

–Muy bien. Gracias.

Gracias.

–Qué gusto verte.

Qué gusto.

Bandera a media asta.

Buenos días.

Qué gusto verte.

Qué gusto.

Ramón y un chico de arquitectura están en esa esquina. Fumando.

Ramón dice:

–Dla, Dle, Dlu. Dludl dla.

Y ambos empiezan a hablar: dla, dle, dlu, dludl dla.

Sergio suelta a Mou y mira a Ramón.

–¿Alguien habla japonés?

Pero no retrocedo.

Es medio día.

Y pudo ser cualquiera.

Con los pies fríos, subo las escaleras de Aulas Dos.

Con los pies fríos.

Si algo conservo de mi tierra, es eso. Me gusta la comida bien caliente.

A menos, claro, que el plato que se sirva sea frío.

Me hubiera traído las botas grises.

Pero eso de que te sirvan unos tamales que prometen mucho en su vapor, y con el primer bocado se mezcle un algo tibio con algo húmedo de tan frío nomás no.

Nomás no.

Serrano no ha llegado y espero frente a su puerta.

Por eso comprendo muy bien cuando Tanya entra al pasillo que da a la oficina del doctor Serrano, se detiene frente a mí y dice:

–Quiero un café bien caliente.

–Pero que esté bien caliente –empuño y marco.

–Sí –dice Tanya–. Bien caliente.

–¿Cómo estás?

–Por favor ábreme.

Salgo del edificio.

Tengo frío.

Y pudo ser cualquiera.

Cristal enciende una veladora.

Y otra.

–Afuera hay tantas cosas –me dice–. Tantas.

Pero ya se acerca la boda de Rodolfo y allá vamos.

A Tampico.

Es de noche.

Ya llegamos.

Bajamos del auto y, como en Oaxaca, hemos llegado al hotel con el nombre que nos anotó Carlos pero la reservación se hizo en otro sitio.

El teléfono que nos dieron es de otro hotel.

En fin, me dices. Prefieres quedarte aquí. Ya lo conocemos y, además, ya es de noche.

Es el mismo hotel donde nos quedamos para la otra boda, ¿te acuerdas?

Hay tantas cosas.

Tantas.

Pues aquí nos quedamos.

Nos quedamos.

Nos dan una habitación en el primer piso, a la altura de la recepción. Pero está muy bien porque desde la ventana puedo ver el Zócalo Capitalino.

Y me encanta la vista. Madres con las manos en niños y bolsas repletas, hombres de traje rumbo a la oficina, vendedores, el tránsito, turista en pantaloncillos como si no hiciera frío.

Hace frío, ya me doy cuenta, y toso.

Y todavía tengo los pies fríos.

Y ahora las manos, la nariz.

Y el turista en pantaloncillos.

Traigo una toalla en la cabeza, para que se me seque el cabello, y ropa cómoda.

Miro el Zócalo.

Paty y Dulce vienen por esa esquina.

Suena un tiro.

Todos al piso.

– Ante el menor ruido –te digo–.

Pero no me escuchas, estás en el baño.

–Ante el menor ruido.

La gente se percata de la falsa alarma y se levanta. También se levantan Dulce y Patricia. Vuelven a su conversación y siguen.

Atrás viene Selene.

La saludo.

Ella alza un poco los ojos y asiente, no muy convencida.

Me quedo pensando si ella pensará que soy una presuntuosa.

En eso me doy cuenta de que allá viene un camión lleno de militares.

Y el sonido de un helicóptero.

Que aterriza en el Zócalo.

Cerca del hotel.

Los militares.

El camión se detiene también frente al hotel y los soldados bajan. Unos se pierden a mi derecha y otros van a la izquierda. Parece que van a entrar.

Estarán buscando a alguien.

Otros más se colocan en el Zócalo, mirando al hotel. Así que me oculto tras un sillón para cubrirme. En ese momento sales del baño y te digo que te tires al piso.

Los que están afuera pueden estar dentro en cualquier momento.

Un soldado se coloca frente a nuestra ventana y te apunta.

Pongo las manos en alto para que tú lo hagas.

Pero no lo haces.

Un tipo se me acerca y le digo que piense con calma las cosas, que a lo mejor le somos útiles, y él me lanza un puñetazo en la cara que me lleva al piso.

Pero no lloro ni retrocedo.

Veo cómo te someten los soldados y te llevan fuera del cuarto.

Ojos afuera de sus cuencas.

Uñas crispadas.

Piel reseca.

No se lo lleven.

No, por favor, no se lo lleven.

No nos separen.

Necesito verlo. Necesito verlo.

Sillón rojo.

Paredes marrón.

Uñas crispadas.

Necesito verlo.

Cortinas blancas.

Sillón rojo, cojín grisáceo.

Necesito verlo.

Entra otro grupo de soldados.

Piel reseca.

Pero necesito verlo.

Un soldado del nuevo grupo se adelanta un paso, apunta y dispara contra mi agresor y, antes de que termine de pensar que quizá vienen a salvarnos, me dispara entre los ojos y me lleva al piso.

Ábreme.

Por favor, ábreme.

 Xitlally Rivero

En la noche

June 23, 2011

Miro al cielo
y en el cielo
una allí
otra acullá
estrellas y luceros
se reflejan en el mar.
Y la luna
reina en la marea
que a su antojo sube
vuelve,
baja
y se balancea.

Xitlally Rivero

Rumbo al desierto

June 23, 2011

Rumbo al desierto
el sol se pone colorado,
el sudor adelgaza los magueyes.
De cuando en cuando una casa, dos casas,
se asoman y saludan al viajero.
La carretera es laaarga y recta
como verso extendido a fuerza de vocales.
Un jagüey sediento se inclina para verte
y te sonríe.
A la izquierda un arbusto sueña ríos de lluvia.

Xitlally Rivero