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Colchón de sueños

June 24, 2011

Había terminado de plancharle la camisa azul plúmbago que usaría esa noche, la que usaba cada noche que le decía que algún buscador de talentos vendría al club tratando de encontrar a un músico de jazz que mereciera la pena ser representado. Se esmeró en planchar la camisa, que no llevara la más mínima marca, ni una arruga.

Vivía para él.  Los mejores años de su vida los había vivido con él, su esposo, en aquél quinto piso, el último del edificio porque así lo había querido él; necesitaba privacidad para poder tocar su saxofón sin que nadie le interrumpiera o le distrajera la inspiración. Era un cuarto que, a la vez de recámara donde estaba su colchón de sueños, hacía de sala, comedor y cocina, con un pequeño baño ahí mismo adentro; no tenían para más pero a ella eso no le importaba, estar con él era lo esencial en su vida.

Él, dormía plácidamente a pierna suelta sobre el viejo colchón del que asomaban, en una esquina, los resortes que intentaban escapar por los agujeros que habían hecho al respingar. Trabajaba de noche, así que en el día se recuperaba durmiendo casi 12 horas. El alcohol corría en venturosos caudales toda la jornada; al final, los clientes terminaban totalmente ebrios que ni cuenta se daban de las notas tan  desafinadas ni de los temas incompletos que interpretaba.

Ella lo miraba y, mientras preparaba la cena, Billie Holiday se seguía escuchando en la radio casi como en un susurro para no despertarlo,

Cold or wet

Tired, you bet

All of this I’ll soon forget

With my man

– Al fin despiertas, flojo.- Le dijo ella en un tono amoroso.

-Siento como si hubiera dormido dos días seguidos, ¡y con un hambre!

-Ya casi está lista la cena, anda, aséate antes de venir  a sentarte.- No era un grande del jazz, no era famoso, no era rico, pero era todo lo que ella amaba en la vida.

Se levantó y se estiró para desperezarse, se duchó rápidamente. Al verlo, ella se le acercó de una manera provocativa, tratando de seducirlo, ofreciéndole sus labios e intentado quitarle la toalla. Él se resistió y se apartó de ella en un movimiento exacto, como ensayado. Ya había sucedido antes y ella ya lo venía sospechando. Había otra.

Y esa noche no habría una audición, como tampoco las había habido las últimas catorce veces que le había planchado esa misma camisa. Esa noche iría al club, tocaría hasta las dos de la mañana, como siempre, pero después se iría y amanecería con ella, con la otra.

No podía soportar más, había callado y sufrido en silencio desde el principio, desde la primera noche que no llegó sino hasta el amanecer. Lo amaba con toda el alma, pero también sabía que si seguía a su lado, terminaría siendo “la otra”. Con el tiempo, se descubriría a ella misma como a la mujer que tal vez él no dejaría por compasión o agradecimiento.

Ya eran las ocho de la noche. Él, se marchó al club. Ella, se quedó sola, sufriendo. ¿Qué iba a hacer? Esperaría a que la calma que impera en la noche le ofreciera la respuesta al manojo de preguntas que se enredaban en su mente. Intentó dormir y lo consiguió por un par de horas, porque el pesar, traicionero como es, no le permitió más. Padeció sola, a oscuras, sobre el colchón que por años había compartido con él.

Casi amanecía cuando tomó una decisión, se iría. Se levantó de la cama e hizo su maleta. Haciendo muestra de un gran arrojo, bajó por las escaleras del edificio dejando allá, encerrados bajo llave, todos los sueños que habían fabricado juntos, el futuro en los hijos que no tuvieron, las penurias por las que habían pasado y lo más importante, dejaba ahí y pegada a la puerta gritándole que volviera, la mitad de su vida, la mitad de su amor.

Él llegó a casa. También había sido una noche de decisiones para él y ya había resuelto dejar a la otra para estar con ella para siempre. Lástima, ahora ella no se enteraría que él también había padecido por su engaño. Pensaba que ella comprendería  que el ambiente en el que se movía, de noche, donde hay tentaciones más allá del cigarro y el alcohol, sería el culpable del trance por el que estaban atravesando. No vio su ropa y lo entendió, se había marchado y no dejó ni una carta de despedida, nada.

Estaba sentada en la sala de espera de la estación del ferrocarril. Ya no lloraba y respiraba pausadamente. Entonces percibió el olor de la madera añosa de los pisos de la estación y de la banca donde estaba sentada, aroma que la remitió al día en que lo conoció en aquél bar donde sería la primera vez que él tocara. Nunca olvidó la loción con esencia de madera que usó esa noche. -Nada tiene más memoria que el olfato.- le decía él y se sonrió al recordarlo.

Eran las seis de la tarde, se había quedado dormido después de tanto pensar y sin saber por dónde comenzar a buscarla. Entre sueños, pronunciaba su nombre y le pedía perdón; alargaba su brazo como intentando alcanzarla y cerraba su puño en señal de que la había sujetado. Despertó para descubrir que en su mano, reposaba la de ella. Confuso y soñoliento como estaba, no atinó a articular palabra.

-Al fin despiertas, flojo.-Le dijo de la manera más tierna que jamás él le hubiese escuchado.

-Levántate, la cena ya está servida.

Esa noche, no fue al club, la pasaron juntos, despiertos, sobre ese colchón roto, su fábrica de sueños, de ilusiones y los deseos de una vida próspera donde dejarían constancia de su paso por este mundo. Seguían siendo uno, siempre lo fueron y siempre lo serían.

 A la mañana siguiente, ella encontró la camisa azul plumbago, arrugada y tirada en la basura.

*My Man, Billie Holiday

 

María del Rosario González Orozco (MaRGO)

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