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Niños

June 24, 2011

De esos días que te vuelves un niño y todo lo que miras se vuelve absurdo. Caminas perpendicularmente. Atisbas un piso mugroso. Quedas perplejo ante tanta suciedad e imaginas las pisadas de misteriosos hombres. Calculas un número infinito de suelas acribillando el suelo y entonces tus ojos materializan gente que camina sin rumbo, miras zapatos, miles de zapatos que se vuelven una lucha de cadáveres rumiantes.

Escuchas risas y concluyes: ¡Qué felices son los que ríen!. Una luz te ciega con su fulgor. Es una luz que se mezcla con la risa de las multitudes que de soslayo, miras. Se adentra un sentimiento de angustia en tu cuerpo. Quieres vomitar e imaginas hacerlo. Todo el piso tiene una mezcla confusa de líquidos que buscan solidificarse. Una mezcolanza de cuerpos amorfos en un mar apestoso.

Tu mano suda y suda. El tiempo aminora su carga y se vuelve lento. Te has percatado que nada, nada puede contenerte y te mareas, sufres vértigo y las náuseas suben furtivamente y oprimen tu  pecho.

No puedes con tus pies, se han anclado al piso de manera rápida e indecisa. Tiemblas mucho, la temperatura desgarra los cuarenta grados centígrados pero tienes frío. Lanzas un ¡putamadre!, pero no aminoras, no aminoras ese sentimiento de querer huir al mar y nadar hasta al fondo mientras tu piel se conmueve ante el silbido de un auto que casi te atropella.

Pareces ciego, tú eres el ciego, siempre serás el ciego porque te aventaron la madre y te preguntas, te preguntas porque ese señor que traía un escapulario en el espejo de su carro, tiene la voluntad de rezarle a un desconocido en un edificio lleno de imágenes y no es capaz de cederte el paso.

No entiendes nada, al parecer has crecido pero eres esta tarde calurosa, un niño. Y el mundo se ha vuelto una dicotomía pero te vale una mierda porque no puedes respirar de pronto y ese reconcomio te golpea la cara y te dice: No entiendes nada porque estás demasiado pequeño. Y te haces preguntas que parece, jamás tendrán respuestas.

¿De dónde viene Dios? ¿De dónde venimos nosotros, solitarios y ruines, contradictorios y egoístas? ¿Por qué no es mentira nuestra existencia? ¿Será acaso antropocentrismo? ¿Dónde está el centro del amor? ¿La vida es como el mar porque al igual que él termina dónde empieza? ¿De dónde vienen estas manos que escriben estas preguntas? ¿De la angustia, o del olvido?

Pinche loco, imaginas que te dice una señora perfumada y vestida con marcas comerciales que atraviesa el umbral de una puerta de madera y te mira de reojo con supino desdén. Será quizá por la barba mal crecida y no estética que te cargas.

De repente te encuentras en un baño, orinando a borbotones y encuentras el placer, esto es placer, mear cuando las ganas te perforan la vejiga. Soy libre, dices, la única manera de ser libre. Sociedad aprisiona, mente enajena de la prisión imaginaria, libera pero el intelecto aprisiona, distorsiona la naturaleza. La razón no da pauta a la imaginación, nos diseca en conceptos y máquinas de tiempo. El discreto encanto del subdesarrollo.

¿A dónde vamos cuándo nos dirigimos? Te dicen una casa, una familia, dinero para mantenerla, reputación, buen mozo, buenos hijos, buena esposa, felicidad, armonía prosperidad, esperanza, amor.

Lees esos términos y no les encuentras sabor, no les encuentras el mínimo significado, son insípidos ante la lengua que los pronuncia. Están vacíos al pensar en ellos y volteas cuando los rostros han desaparecido, se han vuelto una metáfora al silencio, un círculo de fuego que emana desde la nada. Un cadáver descompuesto, tan descompuesto como el olor de los vivos y las miradas de odio de los que caminan y avanzan y se mueven en los autobuses.

Te encuentras abandonado, triste y solo como en un paredón a punto de ser ejecutado. No tendrás último deseo, te vas y todo es absurdo. No te importa.

Miras a los humanos con sus celulares, sumergidos en el mundo de la información y no puedes comprenderlos, los miras en sus camionetas de lujo sonrientes, los observas comiendo entre música afroamericana e intercambiando sonrisas, pero esas sonrisas se aprisionan en ese círculo de la mesa donde almuerzan y se rompe cuando una persona que siempre sonríe y peyorativamente le llamarían “mongolito” por su estado físico; se asoma para pedir dinero y atención. Lo ignoran, se va con los ojos de piedra, y con las piernas hechas una baldosa en letargo parsimonioso y débil. Se pierde.

Hay gente bailando mientras caminas, mueven las nalgas jarochas en un ritmo lento y apasionado, fúnebre y a la vez frío. En círculos, así se mueven, en círculos. Y al materializar esa abstracción, te diste cuenta que has estado en el centro de tu ciudad haciendo eso, caminando en círculos, como la vida, que la vives en círculos, círculos infinitos y laberínticos que acaban donde inician.

Te sientas, y toda la tristeza del universo te consume y sigue oprimiendo tu pecho y te salen lágrimas. Un señor tatuado pasa y escupe al piso, el mismo piso mugroso donde imaginaste pasos que castigaban el suelo construido por los hombres. La saliva que escupió se ha vuelto un monstruo calcinado que engloba ciertos gritos de dolor, el dolor del mundo, de quién observa, de quién construye una iglesia, de quién escupió al piso y siguió caminando para perderse entre la espesura de homúnculos hipnotizados.

Ganas inconmensurables de llorar te aprisionan y esta vez no lloras, el amor es presunto culpable. El amor es una cárcel dices, una más y así vamos por la vida, sorteando cárceles, conceptualizando, decidiendo como moriremos. Dinero, joyas, viajes, sueños, rutina, matrimonio, trabajo. ¿Libres? Libres de decidir cómo morir, cómo vestir, cómo viajar, cómo dormir, con qué celular destruirte los ojos, con que carro atenerte, con que amor destruirte. Y lloras, porque no puedes salvarte, salvarte de esa prisión.

Te levantas para huir, crees huir y ríes sarcásticamente, caminas hacia un edificio, quieres comprar una revista especializada en letras. Entras, y no te diste cuenta que entraste a otra cárcel para aprisionarte de nuevo.

Y esta vez, no lloraste. Sólo sacaste dinero de tu bolso y volviste rico a los demonios.

Los demonios que han creado una realidad para niños, niños que juegan a ser grandes. Los mismos grandes que luego extrañarán ser niños, aunque pregunten y pregunten y todo lo encuentren como lo encuentran los niños: totalmente absurdo e inabordable como la realidad que se esfuma entre tus dedos y aterriza en caminantes que se mueven en parábolas, como sordos, perdonando el viento que recorre sutilmente sus rodillas.

Yendo, yendo hacia ninguna parte.

Juan Eduardo Flores Mateos

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