Archive for the ‘Jimena Alcalá’ Category

Fe

June 24, 2011

He perdido mi fe de escritor, esa que según J. C. Oates brinda la frágil convicción de que la literatura lo es todo. Joyce y Fitzgerald tenían una, y probablemente no murió con ellos; el viejo que escribe poemas para leerlos en los vagones del metro, también; y yo solía tener una hasta hace… Hoy noté su ausencia al ver el orden excesivo en la casa, ya no se adhieren a mi ropa las hojas de papel que revoloteaban bajo las lámparas, no choco con palabras al cruzar la sala, ni tengo que esforzarme por desprender oraciones de la estufa. Quiero volver a vivir bajo el encanto del desorden. Si lograra recordar en dónde vi mi fe por última vez, podría regresar a ese lugar y recuperarla: cuando reprobé Lingüística, ya no la tenía; cuando pedí un deseo antes de apagar una vela, entonces estaba conmigo, no lo dudo; cuando rotulé el sobre que enviaría a un concurso de cuento… no estoy segura.

Tal vez sea más fácil recordar cómo era: pequeña, verde y húmeda; saltaba de un lugar a otro, como una pelota de goma; parecía muy amable, pero de vez en cuando se volvía rabiosa, mordía todos los textos que encontraba a su paso, al detenerse, se daba cuenta de los hoyos que le había hecho a su ropa, ponía cara de pena y eso era suficiente para disculparla, luego un cariño y se olvidaba del asunto. No la he visto, la reconocería inmediatamente.

Tal vez alguien la raptó, habría sido muy fácil,  pues ella siempre había confiado en la bondad de los extraños; o se quedó muy cómoda por ahí, embobada por una canción, una mala novela que se convirtió en buena, un verso que da calosfríos, un personaje despeinado.

Tal vez la perdí en una biblioteca infinita y la encontraré a trozos entre páginas atiborradas de palabras. Escribo su nombre, Fe, escribo para encontrarla, hurgo entre el cuento recién concebido: no es un cuento.

Jimena Alcalá

 

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Oscuridad en marcha

June 24, 2011

He dejado de percibir el olor a sudor, tampoco me molesta más el inevitable contacto con los cuerpos vecinos, del golpe en mi cabeza sólo queda un constante zumbido, es como si alguien hubiera picado mis sienes con un alfiler y por ahí se me escapará el aire poco a poco, ssssssssss, parece que todo se me fuga a la velocidad de esta cápsula.

Agradezco estar cerca de la ventanilla, no me importa estar arrinconada con los muslos contra mi pecho y el mentón sobre mis rodillas, porque basta estirarme un poco para alcanzar el borde de la ventana. Pego mi frente al vidrio, con las manos construyo una cueva alrededor de mis ojos, como lo hacía cuando era pequeña, veo cómo otras cápsulas van dejando sus estelas de luces rojas y amarillentas que flotan en la oscuridad, se mueven en la misma dirección que nosotros, pero las rebasamos a todas y se convierten en puntos lejanos.

Esta mañana… o la de ayer, la luz natural era opaca, las cápsulas tuvieron que encender sus faros y desde entonces tengo la sensación de que he transitado noches sin parar, o tal vez no sea más que una sola, muy larga. Desearía evocar ahora un día soleado, pero ssssssssss, el zumbido avanza y va mordiendo mis recuerdos, hasta dejar los que aún se me notan en los moretones de mis brazos, no los quiero, pero no se detienen.

Salí de mi sleeping house; tomé el metro, tres paradas en completo silencio; luego la estación en donde los vagones se quedan prácticamente vacíos, como siempre, allí me bajé; otras nucas y otros pasos me condujeron justo por el centro de la avenida, porque las banquetas ya no nos podían contener; ignoramos los insultos de los conductores y el tumulto se repartió entre las seis largas filas de la oficina de desempleados. Era la misma rutina que a veces me hacía olvidar los nombres de los días de la semana, no había ninguna señal, ni un presentimiento de que esto iba a ocurrir, si lo hubiéramos sabido, ¿cuántos de nosotros habríamos faltado a la oficina y cuántos habríamos venido por creer que al final del viaje habría un cielo azul y trabajo para todos? Yo misma no lo sé…

Ya ninguna cápsula lleva nuestro mismo camino, tomamos el carril de máxima velocidad, a través de la ventanilla veo cómo pasamos a centímetros de los edificios de hormigón, con miles de pequeños rectángulos de luz pegados sobre ellos.

SSSSSSSS, aprieto los párpados, sssssssss, intento apagar el zumbido con la imagen más nítida que encuentro: la chaqueta de cuero marrón que delineaba unos hombros cuadrados. Varias veces había visto esa espalda en la fila tres, yo siempre pasaba de largo y aunque me hubiera gustado ser tomada entre esos brazos, no me atreví a volver la mirada para conocer su rostro. Tal vez ahora él esté viajando junto a mí y sea su hombro el que se recarga contra el mío, tal vez… pero ya no vale la pena averiguarlo.

Busqué evadir el tumulto de gente, las historias trágicas de mis vecinos de fila, las miradas de los hombres que a cambio de tu nombre te prometen un trabajo quien sabe dónde, haciendo cosas que no quiero imaginar. Me sumergí en mis audífonos:

Someday I’ll wish upon a star

and wake up where the clouds are far…

Un quejido viene desde esta masa que se funde con la oscuridad, y que de vez en vez, gracias a alguna luz de la calle, se define en brazos, camisetas sucias, cabellos negros. Me esfuerzo por volver a escaparme al lugar claro de la melodía, …behind me. Where troubles melt like lemon drops… La gente empezó a abandonar las filas, pensé que era una redada común de falsificadores de fichas para desempleados, no me quise arriesgar a perder mi sitio. Una ligera vibración golpeaba las plantas de mis pies, eran las pisadas unísonas de un grupo de policías enfundados en sus armazones brillantes. Me paralicé. Cientos de siluetas móviles corrían a mi lado, piernas alargando la zancada, cabellos moviéndose en desorden, nadie me tocó, nadie parecía querer despertarme. De la masa quedaron sólo algunos rezagados, identifiqué los hombros de la chamarra de cuero mientras eran alcanzados por un policía, el hombre de la chaqueta volvió su cara distorsionada por una mueca y un grito que ocultó la música de mis audífonos, away above the chimney tops…, entendí que era a nosotros a quienes buscaban. Tenía que correr, levanté una pierna, luego la otra, pero ninguna de las dos volvió a tocar el suelo, uno de los policías me tomaba por la cintura, forcejeamos, grité, un golpe en mis sienes y la música se terminó.

A partir de entonces todo se ha convertido en una presión constante en mi estómago, en el sudar de mis manos, si me hubiera retrasado, si hubiera corrido…

Las construcciones han dejado de invadir mi vista por la ventana, ahora la llenan siluetas deformes de troncos desnudos. Debimos haber dejado la ciudad, nunca había estado en otro lugar que no fuera la urbe. La gente dice que quien se va de ella, no vuelve; que las señales de tránsito confunden a los conductores para que no puedan encontrar la salida, sin embargo, parece que alguien ha decidido hallar la salida por mí.

Sssssssssssssssss, me esfuerzo, pero ya no puedo escuchar otra melodía, SSSSSSSSSSSSSSSS, aquí adentro la distancia se mide en oscuridad, presiento que lo que viene sólo puede ser peor que la rutina odiada. Resbalo mis manos por el vidrio y desearía poder romperlo.

No recuerdo cuándo me quitaron los zapatos y no sé cuánto tiempo hemos viajado.

Los halos de algún ilegible señalamiento vial aparecen cada vez con menor frecuencia, cuando uno alumbra, las lágrimas de mis ojos lo alargan, como si no quisieran soltarlo.

La velocidad disminuye poco a poco, las ramas de unos matorrales rasguñan el vidrio de la cápsula, un hormigueo me invade desde el pecho. Nos detenemos, el zumbido no cede, se ha quedado en mí. Las puertas de los conductores se abren, ya no las cierran, todos contenemos la respiración, algunos pasos hacen crujir ramas secas, el techo de la cápsula empieza a abrirse, el aire frío alcanza mi rostro, por un segundo me siento aliviada, como algunos otros que lanzan un suspiro, pero un olor fétido se apresura a cubrirlo todo. Quiero refugiarme en las estrellas, no hay ninguna, a lo lejos un grito, sobre mí escucho la respiración de un policía a través de su careta, cierro los ojos, aprieto los párpados, espero que dentro de ellos aún conserve algo, sssssss…

Jimena Alcalá