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Lectura de Jair García-Guerrero en el Sanmillano 2011

June 25, 2011

Jair García-Guerrero

El partido final

June 24, 2011

La mañana del sábado siete de mayo de 2011, en su casa de la colonia Moderna, Arnoldo Betancourt, empleado bancario y futbolista amateur (portero) soñó con una mujer de ojos negros, gruesa cabellera negra y rasgos afilados. Lo miraba desde el fondo de un pasillo de árboles oscuros.

Arnoldo (en el sueño), con una cerveza en la mano derecha en una noche que rápidamente se cambió a un día, el pasillo desapareció y dejó un campo árido, soleado y la mujer se convirtió en hombre que lo miraba a lo lejos, bajo la misma cabellera negra, pero que de pronto le dio la espalda, mostrándole el enorme tatuaje de una iguana. En el sueño (Arnoldo) corría para alcanzar al hombre que se alejaba lentamente, se desvanecía, pero la cerveza se llenó de plomo, de todo el peso del mundo, y Arnoldo no la podía soltar. Finalmente, no la pudo sostener y con su mano pegada al vidrio cayó al suelo. El hombre, la iguana y la cabellera desaparecieron. La cerveza también. En ese momento despertó. Estaba de vuelta en su casa, en la colonia Moderna.

Aventó una sábana y sintió su mano hinchada, entumida. No podía mover los dedos. Ese sábado no debía asistir a trabajar, pero la mano hinchada lo preocupó más por su compromiso vespertino: la semifinal de su equipo amateur. Arnoldo no conocía al hombre de la iguana en la espalda.

            Por la tarde, con la mano desinflamada, se preparó para el partido: se marchó vistiendo unas medias negras debajo de unos pants, unos tenis y una sudadera con el número uno en la espalda: Betancourt, 1. En la mochila metió sus guantes, los tachones deportivos, un escapulario, una coca cola. Llegó a la parada del camión y no tardó mucho en llegar al campo de fútbol.

Empezó el juego. Al mismo tiempo que su equipo ganaba por uno a cero, la otra semifinal se debatía con un empate justo en la cancha de al lado. Arnoldo, como todo portero, se distrajo en estudiar bien a los delanteros que enfrentaría en la final de la semana siguiente. Sin embargo, no perdía detalle de cuidarse de un gol y se alejaba o acercaba de su portería, según el peligro con que atacaban a su propio equipo.

            Una jugada, dos patadas y un silbatazo lo distrajeron: en la portería contigua se marcó un penalti, y el balón lo tomó un delantero rudo, de ojos penetrantes y pelo largo. ¡Es él! Se dijo a sí mismo, extrañado de la epifanía. El delantero miró con severidad el ángulo derecho de la portería, emprendió su carrera y Arnoldo entendió que el portero debía lanzarse a ese mismo sitio, y lo hizo. Pero el balón no fue disparado a un costado sino al centro. El portero se equivocó. Lo había engañado el delantero.

            Arnoldo no perdió detalle del jugador, quien celebró el gol presumiendo su tatuaje de iguana en la espalda. Miró a Arnoldo desde la otra cancha. Arnoldo escuchó finalizar ambos partidos, y corrió a celebrar con su equipo el pase a la final, que se jugaría el domingo 15 de mayo, a las diez de la mañana.

La noche del sábado siete de mayo se reunió el grupo a tomar y preparar la táctica de ataque para ganar el campeonato. Uno de los jugadores y compañero suyo del banco llevó un cartón de cerveza. Bebieron. Por la madrugada, borrachos y excitados, siguieron la fiesta en un table dance a donde fueron algunos del equipo y otros desconocidos. Arnoldo bebió una mezcla de alcohol desproporcionado, teñido con otro solvente impreciso, delicioso, que le robó sus decisiones. Comió algo, palpó, cantó, rió, besó y amaneció imposibilitado para caminar, hablar, pensar. Ese mismo compañero lo llevó a su casa pero no pudo abrir la puerta. Arnoldo le dijo gracias y un balbuceo. Lo dejó dormido en la banqueta.

            La ambulancia lo halló tirado, sudoroso y amarillo. No reaccionó al dolor ni a los movimientos. Lo llevaron al Hospital Monterrey con el azúcar alto e inconsciente. En urgencias se internó de inmediato, le sacaron sangre y lo llevaron a radiografías. Su tinte ictérico era cada vez más intenso. Aún no daban las ocho de la mañana cuando se diagnosticó una pancreatitis fulminante.

            Arnoldo no sabía lo que pasaba. Sus pensamientos volaban encima de él, y su situación poco a poco se fortalecía, tornándose cada vez menos nebulosa, menos sepia. Su cuerpo estaba abrazado por la misma hinchazón que entumió su mano en aquél sueño. Al fin superó el sopor de un párpado y el del otro, y recibiendo una luz blanca supo, a las diez de la mañana, que estaba en un hospital y que moriría en unos minutos. Su imaginación, o una música celestial, mareaban sus sensaciones.

            Pensó ­No puede ser. La próxima semana juego mi primer final de fútbol. Si el cabrón del tatuaje de la iguana me quiere meter gol, ya sé para dónde las tira. A mí no me va a engañar. ¡Tengo qué sobrevivir! ¡Nadie me conoce aquí! ¡Háblenle a mi familia! ¡¿Porqué no me puedo mover?! ¡Dios mío, ayúdame! ¡No me quiero morir! ¡Dios, escúchame!

            Pero ni los labios ni los ojos de Arnoldo se movían. Su cuerpo, más petrificado que vivo, más inflamado que hidratado sudó un líquido interno, que pronto irrigó los alvéolos pulmonares, y su corazón empezó a tamborilear más aprisa. Arnoldo veía, escuchaba los pronósticos desalentadores de cada médico diferente:

            —Este es un ingreso de hoy, paciente NN, desconocemos antecedentes, le calculamos unos 35 años, fue encontrado en la calle y traído por un servicio de ambulancias públicas con datos de intoxicación etílica, inconsciente, apenas retira al dolor. No trae datos de traumatismos. Se exploró pero está muy hiporreactivo, edematoso, la escala de Glasgow es de 8, tiene ictericia generalizada, reflejos osteotendinosos abolidos. A su ingreso presentó amilasa sérica de 879, urinaria de 15800, bilirrubina total de 28, DHL de 803, TGO de 12380, TGP de 3608, glicemia sérica de 358, leucos de 35 mil. Además trae creatinina de 2.7, sodio sérico de 151, potasio de 5.8, hemoglobina de 8.4. También tiene fiebre de 39.5. Lo declaramos con una pancreatitis Ranson de cuatro, APACHE II de 33 y datos de falla renal aguda. Yo creo que se nos va a pelar, maestro— dijo una doctora joven.

El maestro la escuchaba y contemplaba a Arnoldo sucio e invadido de mangueras y tubos. Finalmente, todos bajaron la mirada y avanzaron al siguiente paciente sin decir más. La sala de urgencias estaba llena de accidentados y lesionados del sábado por la noche.

—¡No se vayan! ¡Cúrenme! ¡Doctora! ¡Escúchenme! ¡Estoy vivo! ¡No me quiero morir! ¡No me quiero morir! ¡Doctora! Dios, por favor, déjame vivir otra vez, te juro que ya no vuelvo a tomar. Tengo que acomodar las cuentas de mi jefe. ¿Quién va a seguir las transacciones de mi caja? ¡Mi jefe es bien tranza! ¡Necesito volver para que no se transe mi quincena!

            A pesar de la crisis existencial interna, el cuerpo de Arnoldo apenas manifestaba un ligero incremento en su frecuencia cardiaca. Corrían las once cuarenta de la mañana del domingo ocho de mayo. El pecho amarillo de Arnoldo subía y bajaba con una diferencia muy pobre, sus ojos fijos en el techo, irritados, secándose, le dolían, como le dolía cada punción, cada articulación, su abdomen, su espalda. El dolor lo mantenía despierto pero lo fatigaba. El sudor interno se exteriorizó y poco a poco se llenó de un baño de gotas que aperlaban su frente, mojaban la sábana y empaparon poco a poco toda la cama. Pensó que si la muerte lo sumergía lenta y dolorosamente, sería mejor terminar rápido. Pero perderse la final del próximo domingo lo mataba más que todo. Él, portero titular, que recién había descubierto el truco de la iguana. Él, cajero de Banorte, recién había descubierto la trampa de su jefe. Otro reptil. La víbora del mal. Y él sabía cómo matar a la serpiente.

Desde un grupo de neuronas íntegras y lúcidas emergió una voz invisible que llegó directo a los ojos de Dios. Dios no solía considerar las plegarias o peticiones de moribundos según una estricta estadística que filtraba los ruegos imposibles. En su Gran Sistema, este depurado control quizá se confundió con las invocaciones a la serpiente del bien y del mal. Será que era domingo por la mañana, que Dios amaneció de buen humor, o que había poco trabajo que la voz silenciosa de Arnoldo llegó clara hasta los sacros receptores del Creador: —Dame una semana más para jugar la final.

Y cuando un estertor anunció que los sacos alveolares necesitaban una aspiración, y cuando un súbito calambre de los músculos del corazón precipitó la caída de la presión arterial y de su frecuencia de contracción, Arnoldo cayó en una desesperada sed de aire, su cuerpo dejó de responderle y en un segundo inhaló el último volumen de oxígeno, pero sintió que ya no lo pudo sacar.

También escuchó todo en silencio.

Las máquinas estaban calladas, y sus monitores congelaron unas líneas de electrocardiograma. Una gota del suero que le administraban se quedó suspendida en el aire. Arnoldo ensayó un grito, una vocal, intentó mover un dedo. Seguía paralizado. Pensó Estoy muerto, Estoy en el infierno. Pensó Estoy loco. Pensó El tiempo se detuvo. Luego pensó que, en caso que estuviera muerto, o que el tiempo estuviera detenido, su pensamiento también estaría detenido. Pensó en cantar el Himno de los Rayados del Monterrey completo y lo logró. Su voz gritó cada estrofa. Pensó en evolucionar la idea de un jugador de fútbol que toma el balón en media cancha, dribla a uno, burla a otro, hace un túnel, gana por velocidad y dispara, pero Arnoldo saca el balón lanzándose a un costado. Sintió el pasto y el balón. Sintió cada uno de sus músculos levantarse del suelo, su voz ordenando y arengando a sus defensas. Y sin embargo se asombró de seguir inmóvil. Ya no sentía dolor, ni le faltaba el aire, pero tampoco escuchaba el mínimo rumor del mundo que lo rodeaba.

Una enfermera que se acercaba con una jeringa abierta quedó petrificada cerca de su cama, mientras el enfermo de al lado se había estacionado justo mientras vomitaba; un líquido oscuro salía de su boca inmóvil, una serpiente negra, mientras su rostro contraído no se fatigaba nunca. Una mujer en una camilla tenía cerrados los ojos y en su inmovilidad parecía muerta. Otro médico lejos de la cama de Arnoldo portaba un cubrebocas y se ajustaba el estetoscopio al pie de la cama de un enfermo con el torso desnudo. El paciente era flaco, tatuado, afectado de alguna enfermedad infecciosa crónica. Ambos estaban tiesos en una estampa.

Una semana le había pedido a Dios para jugar la final. Siete días para recrear su mundo, recuperarse, no volver a tomar, dormir temprano, trabajar sin enojarse, ser campeones de la liga amateur de Monterrey. Previo a una muerte súbita e inminente, Dios lo escuchó y le dio esa semana extra de vida. Cuando comprendió esto, Arnoldo pudo volver a dormir, y al despertar encontró el mundo perfectamente paralizado, idéntico a como lo dejó.

Ordenó una lista de prioridades: idearía estrategias para analizar sus movimientos en el área chica, considerando que sus atacantes serían engañosos, sucios. Pensaría en su jefe y en una pista que podría dejar para delatar sus tranzas en el banco. Pensaría también en jugar el partido, en detener cientos de tiros penales del centro delantero iguana, en reventar un balón que iría directo a meterse en la portería contraria. Fabricó en su mente una copa mental, un trofeo de liguilla, pasando por la copa FIFA hasta una convencional, enorme y en forma de jarrón dorado.

Podía medir los días, de manera aproximada, por las veces en que el sueño lo sofocaba. Diariamente se demoraba en la belleza de la gota de suero suspendida en el aire, como un balón volador, como una burbuja de tiempo líquido, que en menos de una semana lo mojaría de muerte. Pensó Toda la vida contenida en una gota. Pensó Si no hubiera tomado alcohol, si hubiera tomado agua. Y la gota parecía rodar sobre sí misma.

Tres días después de absorberse en el silencio y las imágenes fijas agendó una rutina: por la mañana arrastraba los pies sobre el pasto verde del estadio de los Rayados del Monterrey. La fresca hierba y el estadio (a veces lleno, otras vacío) acariciaban sus pies y le permitían una flexibilidad irreal, con la que sus dedos se estiraban como ligas, y el agua del sudor de las fibras de la hierba mojaba pero no ensuciaba las plantas.

Después del paseo matinal, viajó a Cancún, donde los mejores jugadores del mundo disparaban balones que él atrapaba lanzándose al mar. Una extraña sed lo invadió y él bebió del mar un líquido que no dejaba de saciarlo. Una y otra vez se lanzaba por los tiros, atrapaba el balón y las burbujas y gotas del agua turquesa flotaban en el aire.

Pasaron seis períodos de un sueño prolongado, y Arnoldo entendió que llegaba la hora del partido final. Decidió jugar con el estadio lleno, y el equipo contrario estaba formado solamente por reptiles. Fabricó jugadas apocalípticas que se parecían a los comerciales de Nike que alguna vez vio en la televisión y, fortalecido recibió una y otra vez los balones convertidos en misiles que le escupía la iguana.

El partido estaba a punto de terminar con el marcador cero a cero, cuando el árbitro sentenció un penalti en contra del equipo de Arnoldo. Una iguana de cabello negro, ojos profundos y rasgos duros se preparó para tirar. Al frente del balón, Arnoldo esperó que fuera arrojado con violencia a sus manos, que en ese momento ya eran garras. Inhaló y exhaló aire, escuchó arcadas y un vómito caer a su lado, los monitores emitían ruidos lentos primero, y después un sonido continuo. Su cuerpo le dolió y le urgió a respirar. Un objeto le golpeó el pecho y lo arrojó a un sueño profundo como quien se sumerge en aguas teñidas de negro.

Arnoldo murió el domingo quince de mayo del 2011, a las 11:46 de la mañana. Su equipo perdió por un gol de penal al último minuto. A su jefe le descubrieron un fraude gracias a su último balbuceo.

Jair García-Guerrero

Roja mujer

June 24, 2011

Nos encontramos a solas una tarde feriada. El piso de la oficina estaba cerrado por un evento municipal. El corazón detenido. La recepción en penumbra. Fingí un sobresalto.

            –Disculpe usted, pensé que no había nadie.

Mis ojos dibujaron sus siluetas delanteras, que deseaban llegar hasta la punta de cada una de sus delicias. Eran unos contornos redondeados, tóxicos. Suspiré. Ella no dijo nada. Y aún así, mi alma padecía.

             “Ningún testigo. Pero no debería. No caeré”, pensé. Quise ignorar ese manjar corrompiendo mi salud, exponiéndose tan cerca, tan fácil, tan suculento. Desde su llegada meses atrás, no podía quitármela de la cabeza. Alguna vez, en cualquier centro comercial o por la calle, creí verla. Y siempre la deseaba. Ahora estaba aquí, para mí, sola. Comencé a salivar. En el silencio me ingurgité de tentación.

            –Sabe, todos los días me recibe usted. Subo la escalera, doy vuelta rumbo a la oficina y aquí está en la recepción.

Dejé el portafolios en el sillón, como quien iniciará una pelea. También lo dejé como quien está dispuesto a sacar un arma.

–Y nunca había hecho un alto…

            “…para admirar esas piernas macizas, esas curvas y esas frutas prohibidas que quiero mamar” pensé. Ella no decía nada.

–Sabe, cada tarde parece más atractiva.

Su semblante frío me retaba, y a la vez vencía. A pesar del día feriado, ambos vestíamos como cualquier otra jornada. Yo usaba corbata por unos negocios que arreglé esa mañana. Olvidé unos documentos en la oficina y por eso pasé. Ella vestía de rojo como siempre. Esa superficie pegada a su voluptuosidad placentera. ¡Era una delicia prohibida para mí! Pero ésta vez no escatimé en comerla con los ojos, de arriba abajo.

–Debo confesarle que no dejo de pensar en usted.

            “Y no debería…” pensé.

–Te deseo –y caminé hacia ella lentamente, enviciado, enfermo.

–¿Puedo? –y pareció que yo mismo me contestaba.

“Te estaba esperando” y pareció que su voz llenaba la recepción de un perfume fresco y dulce, de mujer.

Saboreé sus palabras. Precipitaron el paso veloz de mi alma corroída por el deseo. Llegué hasta donde topó mi nariz. Mis ojos firmes siguieron esas ruedas desde donde ella me tentaba y seducía. Su fuerza de gravedad atrajo mis manos para a rozarla, apretarle y una de ellas fue a mandar un dedo excursionista en busca de los bordes de una rendija al más allá.

Palpé mi pantalón para saber si estaba preparado y encontré la tumescencia que necesitaba. Su redondez hizo vigorosas las fuerzas. Hábilmente saqué, coloqué en posición y penetré. Ella respondió con un quejido que le nació desde el centro de sí misma.

–Quiero todo de ti.

Ella, abierta, encendida, iluminaba el horizonte con unos ojos perdidos, entregados. Tembló. Su excitación era la mía.

Con nuevos gemidos imploraba. Quería más. El dedo fue a buscar el botón donde le encendería un nuevo fuego. Tardé en encontrar el preciso. Ella, sudorosa, respiraba hacia adentro. Pulsé una vez y chirrió.

Cuando presioné el punto exacto pareció explotar.

En la oscuridad, mi respiración era un fluido de vapor. La luz de su belleza contrastaba con su indumentaria carmesí. Una mano se perdía en el sur, mientras ambos nos descubríamos atrapados: yo por su tacto, la promesa de su sabor… Ella se entregaba.

Miré ese valle al que aspiraba entrar. Un cofre de maravillas. Sentí una mordida en el labio inferior y el dolor me hizo alucinar la imagen de un túnel oscuro y un líquido. Bajé las manos, levanté una capa de su vestido y pude sentir la diferencia de temperatura dentro y fuera de ella, quien seguía fuerte, con sus piernas ligeramente abiertas recibiendo la caricia de un dedo, luego una mano que entró, se estiró por completo, para penetrar hasta el fondo.

–Te quiero robar –y parecía que mi voz lo decía todo.

            Moría de una sed infinita. Hacía mucho tiempo que no me llenaba de ese placer dulce y fatal. Regocijado, con las manos mojadas, saqué el cilindro. En el piso cayeron unas gotas. Abrí la lata de Coca-Cola. Tanto azúcar empeoraría mi diabetes. Tengo prohibida esta bebida. Pero esta tarde no pude más y seducido por la máquina despachadora de refrescos, caí en la tentación.

            Necesitaré inyecciones de insulina. Tal vez hasta termine internado en un hospital. ¿Soy culpable? La culpa fue de esta débil carne que nos mueve. La culpa fue de quien ordenó poner esta máquina en la recepción.

Jair García-Guerrero

Reencarnación

June 24, 2011

Los aborígenes nos recibieron sorprendidos. En medio de su infraestructura asimétrica, vislumbré el centro de su adoración, lo cual me tranquilizó al pensar en que sería fácil sustituir su deidad por la nuestra.

Uno de ellos se acercó a mí: “Aisganda, carin tramasga rssagad” y se arrodilló. Su lenguaje apenas sobresalía de simples gruñidos. Pero al arrodillarse me miró con rabia, lo que me intimidó. El Capitán me miró con extrañeza, y al acercarse rápido hacia mí, varios aborígenes se abalanzaron sobre él. Inició el pleito. Superados en número, no hacíamos más que disparar a quemarropa. Pensaba que éramos muchos los que nos sujetaron. Yo sólo escuchaba los gritos, los disparos, las caídas de mis compañeros y gruñidos, muchos gruñidos, pero no veía nada.

El silencio se fue apoderando del campo. Traté de soltarme, y para mi sorpresa, descubrí que ya no estaba amarrado. Me quité la capa de la cabeza y descubrí a todos mis compañeros muertos, a mi lado. Pero ahora todos los salvajes se habían arrodillado ante mí. Uno de ellos me miraba el cuello. Palpé que del cordón de mi collar colgaba la cruz que había encontrado por azar hace unos días. Era la misma que tenían ellos en su altar. Con pasos firmes, avancé hacia el centro de su aldea, seguido de la mirada de cada uno de los habitantes quienes, a mi paso, se arrodillaban.

Llegué al centro del altar, y pude ver fogatas, hierbas y flores. Un olor a sangre me provocó unas náuseas fugaces. Al mirar hacia arriba, descubrí mi fotografía que colgaba en lo más alto del altar. Volteé hacia el pueblo y les hablé:

“Arrasssss”

Y todos saltaron y gritaron al unísono.

No sé cómo conocía su idioma.

Jair García-Guerrero

 

La mujer muerte

June 24, 2011

Todos descansábamos después de ocho horas de cirugía, pero no se iba nadie porque la paciente aún era presa de la anestesia. A pesar de la compañía, el café y la televisión, nadie hablaba. Todos esperábamos al anestesiólogo, y por eso el ruido de la puerta nos hizo girar.

Entró sin tocar (a mí no me había tocado verla). La muerte era una nube blanca y antropoide, con vestido negro, sombrero amplio y tacones; pasó velozmente, pero su andar me pareció una eternidad. Se dirigía decidida hacia la entrada del quirófano. Verla me entristeció, y fue como una tormenta gris que me terminó de cansar. A medio paso llegó cuando el anestesiólogo abrió la otra puerta. No reparó en nuestra invitada, y pronunció un Ya se despertó que apenas hicimos nuestro. El segundo en que se dio vuelta y marchó fue como un estornudo, y su portazo de reproche nos peló la piel.

Luego de un desasosiego orgásmico, me dirigí a la salida: estaba cansado y me urgía subir los pies en alto, darme un baño, tomar una copa. Afuera atropellaron a un inocente.

Jair García-Guerrero