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Dormir desnudo

June 24, 2011

Contraté el helicóptero para que estuviera sobre el edificio del muelle de pescadores mientras le decía a Natalia que se casara conmigo. Ella estaba desesperada. No me oía. Se detenía los cabellos, la falda. Fue emotivo cuando brindamos con agua en vasos desechables. Lloró. Un poco. Moqueó. Y bajamos las escaleras como si James Bond nos estuviera persiguiendo. Al reír, me ahogaba. Y su mirada era de complicidad. Cuando me puse a mandar mensajes de autofelicitación, Natalia también sacó su celular y le dijo a todo mundo que se iba a casar conmigo.

Estacioné_______* como pude y nos sentamos en la terraza del _________*, donde alguien dijo: un café ayuda y el tiempo pasa. Era la clave. Se acercó el mesero y cantó como si fuera su propia boda.

Al regresar del viaje de bodas, mi querida esposa me dijo que no siguiera acostándome desnudo. Ella había preparado, en el tercer piso de _________* una exposición nocturna de colchones, con personas incluidas. Los que tuvieran sueño profundos y placenteros ganarían un descuento en lo que quisieran comprar en toda la tienda. Los que tuvieran insomnio, pesadillas o se levantaran para orinar, serían descalificados.

Los que durmieran desnudos esperarían a que todos estuvieran dormidos para buscar un colchón desocupado y tendrían que levantarse antes de que los demás se despertaran. Y no me dijo qué ganaría.

¿Cómo podía decirle que no a mi esposa? ¡Claro que pensé que era un plan idiota! Y me quedé callado. Pensé que entre los invitados habría alguien como yo.

Cuando se retiraron los fotógrafos y se apagaron las luces, yo todavía estaba vestido. Junto al elevador había varias sillas de plástico. El aire acondicionado había bajado la temperatura más de diez grados. Nadie estaba esperando junto a mí y dos horas después seguían los cuchicheos en varios puntos de la enorme galera.

¡Basta!, me dije. ¡Tengo sueño! ¡Estoy aburrido! Si esta gente no se duerme en quince minutos, me voy. No me interesa que, por ganar una rebaja, se haya puesto todo tipo de ropa para dormir. Yo juraba que en algunos colchones estaba algún tramposo que dormía desnudo en su casa y que aquí fingía. Además, ¿cómo habían sido seleccionadas las personas? Quizás fueron eliminados los que duermen desnudos para dejarme en ridículo.

Podía irme a dormir si me dejaba la ropa interior, pero entonces mi querida esposa habría ganado y en casa tendría que seguir durmiendo vestido. ¡Joder!

En casa el clima está controlado. Aquí, debí revisar las condiciones de este concurso, porque está frío con exageración. Me entretuve contando los colchones. Me equivocaba y volvía a empezar. Estaba prohibido que durmiera sentado en la silla. ¡Duérmanse, carajo!, pensé gritar, pero también estaba prohibido. Santo Kafka de mi vida, me siento cucaracha en espera del silencio para arrastrarme por… ¡no dejaron espacio entre los colchones! ¿Cómo iba a pasar? ¡Iría despertando a toda esta gente buena y bien vestida! ¿Cómo voy a pasar? Pueden fingir que no miran, pero hay cada cabulita. No me podía confiar. A las dos de la mañana todo mundo estará dormido y puedo dormir dos horas.

Y todo esto, ¿para qué? ¡Qué voy a ganar? Ya vi que se puede dormir con ropa. Ya puedo irme a casa. Pero mi querida esposa me advirtió que la tienda estaría cerrada.

Bajé al segundo piso e imaginé que el área de estufas y refrigeradores podía servir para promover un restaurante con colchones. Después de esta noche, no sería novedad pero podría hacerse unos años, mientras pasaba la euforia.

Tampoco era nada del otro mundo. Hay películas con gente que se queda de noche, atrapada o por gusto, en estas tiendas. Hay veladores que deben sentir lo que yo estoy sintiendo: quiero dormir en mi cama, desnudo, como me gusta. Y si a la loca de mi esposa no le parece, la puedo ubicar en otra recámara. Y si insiste, la puedo mandar a otra casa, donde haya un hombre vestido en su cama.

¿Por una noche difícil voy a divorciarme? ¿Qué se sentirá dormir vestido? La gente en las funerarias no duerme. Platican y platican. Y algunos se duermen sentados, recargados en el hombro de algún pariente.

¡Mi esposa o yo!

Gané.

Regresé del tercer piso. Me desnudé y pise cuanto colchón mientras buscaba uno desocupado.

¡A la…!, pinche vieja, no me dejó colchón, pensé, o dije, y busqué entre las mujeres que dormían una que no roncara, que no ocupara todo el colchón, en fin, ya sabes, cuando encontré una mujer desnuda. Se había quitado la ropa en sueños (en la mañana juró que no hizo trampa). Dormí con ella y no nos importó que pasaran las horas y abrieran la tienda, a las once en punto, cuando dije los que no quieran ver, que cierren los ojos. Me levanté y oriné en una maceta. Fue como aprender portugués en un día. Ya no quedaba nadie en _________*

*El autor ha tenido problemas por usar marcas registradas en sus cuentos, por lo desde el año 2006 deja que los lectores pongan el dato que falta.

Jaime Velázquez

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