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Insomnio

June 24, 2011

La señora Rita soñó, la noche de la balacera, que caminaba por un jardín inmenso. Se había quitado los zapatos por temor a estropear el césped, que lucía histéricamente corto y verde como el de un campo de golf. La yerba parecía gemir y quejase bajo el peso de su regordeta figura, así que doña Rita comenzó a caminar de puntillas, y luego, no supo cómo, se encontró completamente desnuda. En el sueño, la señora Rita pensaba que era una hora muy inapropiada para que una dama se paseara sola en la oscura campiña, y además encuerada, y decidió buscar el camino que la llevara de vuelta a la ciudad, cuyas luces chisporroteaban en el horizonte.

La señora Rita recuerda que, durante el sueño, no sintió verdadero miedo sino hasta que una aeronave —un platillo volador con todo y cúpula redonda, luces de colores y metal ardiente—  se posó de pronto por encima de su persona y comenzó a ronronear como un motor hecho de carne.

La señora Rita despertó en ese momento, pero el ruido no cesó. Su esposo acababa de levantarse de la cama y abría la puerta del cuarto. Doña Rita le gritó que no saliera pero era tal estruendo que don Manolo no alcanzó a escucharla; ella lo siguió con las piernas tambaleantes. Parecía que un avión caería sobre la casa, a juzgar por el clamor. Doña Rita no estaba del todo segura de haber despertado del sueño, y corrió al cuarto de Paulito para asegurarse de que no lo habían secuestrado los extraterrestres.

Su hijo ya estaba de pie cuando la señora Rita entró a la habitación. Paulo creía que sólo eran cohetes —alguna broma de sus compañeros de la universidad— pero apartó a su vociferante madre de un empujón cuando vio, desde el pasillo, a su padre inmóvil junto al ventanal, con la espalda contra la pared, como si se escondiera alguien. Ya para entonces también se escuchaban gritos en la calle, y las llantas de un vehículo que derrapaban sobre el asfalto, y un retumbar de pasos calzados en botas sobre la banqueta.

Desde el ventanal, don Manolo les gritó que se acostaran en el suelo.

La señora Rita no supo cuánto tiempo pasaron así, inmóviles sobre el piso, ella con la nariz de Nené, el pequinés de la familia,  pegada a su cuello. Luego el tiroteo cesó y don Manolo pudo asomarse y dijo que veía soldados apostados en cuclillas junto a su auto, con sus G3 A3 apuntando hacia el final de la calle.

Doña Rita le pidió entonces que telefoneara a la policía. Don Manolo y Paulo le dijeron, al mismo tiempo, que se callara.

Y así les amaneció ése día. Hasta bien entradas las siete de la mañana no escucharon ni una sola sirena de patrulla ni de la Cruz Roja y ni siquiera don Manolo se había atrevido a sacar las narices fuera de la casa. La señora Rita se paseaba por el único piso de la vivienda, graznando su nerviosismo y con el teléfono inalámbrico entre las manos. Cuando don Manolo decidió abrió la puerta y salió a la calle, doña Rita comenzó a telefonear a sus familiares. Nadie sabía de ninguna balacera, apenas su hermana había escuchado algo, también en sueños, a un kilómetro de distancia. No pudo seguir hablando porque su esposo, con el rostro pálido, cerró la puerta a sus espaldas y con gestos frenéticos le pidió que guardara silencio. Afuera estaba lleno de reporteros con grabadoras y cámaras que querían escuchar su testimonio.

— Ni madres —dijo don Manolo — Al rato aquellos reconocen la casa y se vienen a vengar de nosotros, ¿no?

Doña Rita pensó en ese momento que los periodistas eran como zopilotes que nada más andan rondando la desgracia. Se escandalizó de que todo aquello, obra seguramente de los narcos, estuviera pasando en su fraccionamiento de portones blancos y camionetas del año y sirvientas que barren a diario los frentes de las fachadas. Y con lo costosa que había salido la casa, se lamentaba con voz plañidera, sería imposible mudarse de nuevo. Recordó que tenía que ir a la tintorería a recoger las camisas de su esposo pero nada más de pensar en salir a la calle se le subió  la presión, el colesterol y los triglicéridos, y tuvo que recostarse en la penumbra hasta el mediodía.

Paulito desoyó los lloriqueos de doña Rita; se negó a faltar a la universidad por culpa del incidente. Cuando regresó le contó a su madre que había hablado con un amigo influyente y que este le había dicho que debían salir de aquella casa; que un grupo de agentes federales había tomado la calle de Venus y había gran posibilidad de que al caer la tarde ocurriera una nueva balacera. Doña Rita había intentado seguir las noticias por la televisión pero, cada vez que veía imágenes de cascos verdes y rostros embozados, el dolor de cabeza se le empeoraba y además las palmas de las manos comenzaban a escocerle y sentía que su pecho era una jaula que encerraba a un canario aterrado.

La noche después de la balacera doña Rita y su familia buscaron refugio en casa de un familiar. Ella no pudo pegar el ojo en toda la noche, por miedo de soñar de nuevo con alienígenas, y porque cada chasquido de aquella casa ajena le hacía abrir los ojos, y también porque Nené no dejó de olisquear todos los rincones del cuarto de visitas, y amenazaba, cada cinco minutos, con rociar cobijas y muebles con su patita alzada.

Han pasado varios días y doña Rita no puede dormir. No soporta la idea de que Paulo salga por las noches, para gran fastidio del muchacho. Su marido está ya cansado de sus pavores nocturnos y sus desmayos de telenovela,  y bajo la amenaza del divorcio, la ha arrastrado a la consulta del psiquiatra.

Doña Rita sabe que los soldados se han marchado de su calle pero no entiende por qué el miedo no la abandona. Hasta la visión de una mesita atestada de revistas viejas y folletos sobre depresión e  impotencia le erizan los vellos de la nuca, igual que el chirrido de las mecedoras en la sala de espera, y los rostros impávidos de los otros pacientes.

Doña Rita retuerce un pañuelo desechable entre sus dedos. El sudor empapa su rostro. Piensa que lo más aterrador de todo el asunto es que tendrá que entrar al consultorio y hablar con un extraño sobre sus sueños.

 Fernanda Melchor

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