Archive for the ‘Cuento’ Category

Mambrú se fue a Al-Qaeda

June 24, 2011

Osama Bin Laden está muerto.

El villano más detestado desde Tomás de Torquemada y el Dr. Fu Manchú fue localizado y muerto en Islamabab, Pakistán, junto a sus cercanos colaboradores, además de la amante, la esposa y sus dos hijos, Ala Bin y Ala Baoh, por un equipo táctico comandado por Silvester Stallone y otros once actores de acción. El terrorismo ya no será el mismo sin él, aunque le sobreviva Fidel Herrera. Sin embargo, su plausible caracterización seguirá siendo el disfraz favorito por muchos Halloweens más. Pero, ¿Cuándo Osama Bin Laden se convirtió en el artífice del lado obscuro y un dolor de cabeza? En algún tiempo, Satanás y su legión de demonios constituyeron la más temible y malevolente fuerza sobre la tierra. Hoy son parte del equipo de hockey de Toronto. En el estadio de futbol de Belfast, no hay perros calientes, sino perros bomba. Osama Bin Laden era considerado el líder de Al Qaeda, una red de terrorismo mundial con base jihadista, que se le atribuye los ataques del 11 de Septiembre, pero principalmente el genio maligno Iblís, porque a los Bush, se les acabaron los nazis y los comunistas para perseguir y hostigar. Una cosa si es cierta, si Al-Qaeda dependiera de SEDESOL, no hubiera tenido el presupuesto para tirar las torres. Al Qaeda fue fundado como un club exclusivo para caballeros misóginos, cuya membresía exige matar infieles mediante misiones suicidas, con derecho a recibir esclavas vírgenes en la siguiente vida. En 2001, contribuyeron a la remodelación urbana de Nueva York. Un canto católico hace el oportuno señalamiento sobre esta conspiración: “Osama en las alturas, bendito es que viene en nombre del Señor”. Esto dio pauta a la cacería humana más despiadada que se puede ejecutar con Playstatión 3. La operación militar fue un simple juego de busca y encuentra a Wally, ya que si Wally tuviera acreedores, ya estaría escondido en las sucias cuevas de Cachemira, donde sólo se hallan cabras perdidas y gurúes meditando a la entrada. La realidad es que debieron haberlo capturado vivo y remojarle las barbas con peróxido, para exhibirlo en un castigo ejemplar. Por ejemplo, internarlo secretamente en un hospital de la CIA y hacer que los cirujanos le practiquen una rápida operación de cambio de sexo. Regresarlo a Pakistán y soltarlo para comenzar una nueva vida como mujer, bajo el régimen del Talibán. Otros piden la vulgar decapitación, con unas tijeras de pollero. Sí, después te llamo…tengo que cortar. Sus devotos suponen que las barbas y el turbante son naturales desde que nació, pero su madre desmiente esto. “Ya eres todo un hombrecito”, su madre hablando bajo la burka, le señala los primeros pelitos en el mentón y entonces se fue a matar rusos. Por otro lado, el turbante es la coronación de lo extrañamente turbado. Números trenzados que no alcanza a cubrir el libro de algebra de Baldor. En 1989, para declarar creada la red Al Qaeda, envía el siguiente mensaje codificado: 370H55V-0773H. La Casa Blanca no lo entiende y lo remite a la gente de Langley, pero tampoco logran descifrarlo. Mambrú sugiere leerlo al revés.

Yo descubrí su guerra justa, la mañana que empecé a leer la Biblia, la Toráh, el Corán y algunos viejos ejemplares del Hombre Araña y seguí el resto de la tarde sin hacer nada. ¿Pueden adivinar lo que ocurrió enseguida? Nada. Llegada la noche, supe que me convertía en un pacifista con un plan B de emergencia. Cierto, tú puedes aprender horticultura, pero eso no te hará más ilustrado. Fue a las 3 de la madrugada, durante las retransmisiones de CNN Newsroom, que Bin Laden entregaba su último video. No obstante la fallas de origen, se entiende su amenaza.

-Tuve este extraño sueño anoche. Soñé con los Estados Unidos y que estos habían levantado nuevamente sus rascacielos perdidos. Pero, en esta ocasión, los cuatro hafazas colgaban una manta con un mensaje escrito: Alá es el único Dios.

El locutor hace el enlace con la Secretaria de Estado, para conocer su reacción al respecto. Hillary Rhodam Clinton, hecha para la sutileza de esas bravuconerías.

-Curioso, yo tuve un extraño sueño por mi cuenta. Soñé que me encontraba en Kabul y la ciudad lucía más bonita que antes de la ocupación rusa. Se hallaba totalmente reconstruido y su importante Aeropuerto arbolaba un pabellón con un mensaje importante.

-¿Cuál era el mensaje?

-No lo sé, no sé hablar hebreo.

Si no creen que el mal ha tenido sus resbalones, atiendan la siguiente cronología: 1231, el Papa Gregorio IX establece el tribunal de la Santa Inquisición. 1665, Milton completa los versos de El Paraíso Perdido. 1782, Suiza termina su brutal cacería de brujas. 1966, Jerry Lewis es acogido el rey de la comedia por los franceses. En el nuevo milenio que nos toca vivir, Al Qaeda puede recuperar el cuerpo y transformarlo en una marioneta, enderezando su cuerpo inerte y ajustándole un par de lentes de sol, para convencer al mundo musulmán y los países herejes, que sigue vivo. La referencia no es El cantar del Mío Cid, sino de la película Weekend at Bernie’s de 1989, pero muchos Generales de la OTAN son de memoria corta. Desafortunadamente, El cuerpo fue sepultado en el mar, conforme a los ritos islámicos. Lo que no dice el reporte del Capitán del portaaviones, es que lo dispusieron a través del inodoro. Alá, una…Alá, dos…y Alá….

-Mambrú, Mambrú, Al Qaeda se está aprovechando de ti. Ellos te están manipulando, cuando te dicen que tú puedes convocar la jihad, porque eres rico también. Déjame decirte algo, la diferencia entre un musulmán muerto y un caballo muerto es que no es divertido golpear a un caballo muerto. Aunque sea el caso que puedas producir y vender “Bin Laden: The Musical”, con actores suicidas de verdad, que finjan odiar al público con total realismo, eso no significa que puedas remover los estereotipos.

-El hábito no hace al monje, ni la costumbre a Mohamed. Al Qaeda dice que el dictado de Alá es acabar con el mal, levantar una alta muralla alrededor de la nueva y prolongada  Damasco, de modo que los americanos, los judíos y los infieles en general, no tengan ingreso en su precioso territorio y nada salga del mismo.

-¿No es grandioso el amor? Habrá que llenarlo de agua y cubrirlo con tapa de cristal.

-No sé como se dice amor en árabe, pero ametralladora se dice: tebala bala bala bala bala bala atajala.

Siguen al alto entrenamiento leves muestras de atención. Yo supongo que después que Mambrú explotó, me puedo quedar con su cuarto. Qué dolor, qué dolor, qué pena.

Osama tampoco volverá, pero queda la exaltación de sus videos en YouTube. Los transmitidos por Al Jazerra son falsificaciones. Probablemente, haya que ocultar su identidad.

Pimpón ya tiene Facebook.

 Gabriel Fuster

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Clavos

June 24, 2011

El hombre llegó a su casa tremendamente borracho e insertó trabajosamente la llave en la puerta de  entrada. El click lo hizo sonreír en medio de su inconsciencia alcohólica. Abrió con lentitud la hoja que dio paso primero a la luz mercurial y acto seguido a su sombra que parecía arrastrarse en el piso. Cerró tras de sí y trastabillando avanzó lentamente hasta alcanzar el pasamanos de la escalera. La ascendió lentamente mientras dejaba escapar varios eructos que salían involuntarios de su garganta. Cruzó por el pasillo que conducía a su alcoba. Llegó a la puerta sosteniéndose en las paredes y esbozó una sonrisa. Abrió. Entró. En la cama, bajo la sábana, su esposa semejaba una pequeña montaña cubierta de nieve. Se sentó en su lado e iba a quitarse la corbata cuando su cuerpo lo dejó a su suerte prefiriendo descansar en la suavidad que lo reclamaba. El hombre estaba dormido y roncaba como lo hacen los borrachos perdidos.

   Soñaba. Soñaba que su hijo lloraba y que era de noche, y que él estaba vestido para ir al trabajo, y que el niño pedía a gritos su presencia y que él se angustiaba, y que se levantaba  e iba inmediatamente a ver lo que le ocurría. Y abría la puerta de su cuarto y que avanzaba por el pasillo casi temblando y que entraba en el cuarto del niño y que lo veía llorando y que se acercaba y le preguntaba ¿pero por qué estás llorando? Y el niño tomaba su cabello con las dos manitas  y decía tengo un dolor aquí y se tocaba la cabecita y él veía en ella que tenía incrustado un clavo y que le decía, pobrecito, pero cómo no te va a doler y se lo quitaba de un tirón y el niño gritaba cuando esto sucedía  y que él con el clavo en la mano volteaba hacia la puerta donde su esposa gritaba y lloraba y decía que él era un asesino porque había matado a su hijo y veía a varios policías salir quién sabe de donde, que entraban y lo aprehendían y lo llevaban al bote y en una corte un juez lo sentenciaba  a la pena de muerte y él argumentaba que no había matado a su hijo, que sólo le había quitado el clavo de su cabeza y que no era culpable de nada. Y que el juez le argumentaba: “Al quitárselo lo ha matado” que todos tenía uno y le mostró el que él tenía en la espalda y los policías en las rodillas y que el mismo lo tenía en un costado y que la pena de muerte consistía en retirárselo así como él lo había hecho con su hijo, y lo sometieron entre varios y el juez le sacaba su clavo y todo se oscurecía.

   Despertó agitado y sudaba como si estuviera en un horno.  Y escuchó que su hijo le hablaba y fue a ver lo que le sucedía.  Se acercó a la cama y su hijo le dijo que le dolía la cabeza y se tomaba el pelo con sus manitas, y él, viendo un  clavo en el piso fue a tomarlo rápidamente y le dijo a su hijo: Pobrecito, pero ahorita te pongo tu clavito, para que se te quite el dolor.

 Juan Manuel Carreño

La máquina de Julio Antonio Mella

June 24, 2011

Papeles en orden llenan el pequeño escritorio. Ella los acomoda para después entregarlos a cada integrante del partido. La puerta cerrada comienza a rechinar; se mueve impulsada por las manos de Julio quien entra. Después de cerrar se queda observando a Tina desde ahí. Ella voltea. Lo mira. Él no dice nada. No hace falta pues Tina lo mira. Eso es suficiente para comenzar la batalla contra las ropas impuestas por la razón y la causa.

Tina recarga ambas manos en el escritorio. Ve hacia el techo dejando el cuello desnudo vulnerable a la invasión. Julio desliza sus pasos hacia ella. La mano izquierda de Tina ya se ha posado en una tecla de la máquina. Mientras, él va descendiendo. Con lengua y dientes desnuda todo rastro de piel y lo viste de copiosa humedad.

Tina, sin percatarse, oprime a ritmo lento la letra A El papel ya no continúa con frases políticas A A A A A Los papeles se han desperdigado por el suelo A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A La boca de Julio explora con suavidad los otros labios de Tina. Ella aumenta la velocidad al tecleo A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A AAAA La máquina cae  ¡Trash! El estruendo no inmuta a la pareja. El cauce de su humedad los arrastra a no detenerse, pues en momentos como éste, la causa puede y debe esperar.

Alejandra Cordero-León y Torres

El hada

June 24, 2011

Hace varios años encontré un hada en el jardín.

Dijo que era un hada del amor, que me traería buena suerte, que sólo tendría que  cuidarla mientras pasaba el invierno. Acepté. Creí que sería sencillo, como proteger catarinas o una luciérnaga. Le mostré una cajita dorada con forro de terciopelo, pero ella quiso habitar un frasco de mermelada. Cumplí su deseo. La dejé en el recipiente que parecía una burbuja. La cubrí con hojas de manzanilla para darle calor.

No abandonó su hogar ni un instante. Cada mañana la vi limpiar sus alas con gran esmero. De noche me contaba historias sobre sirenas y otros seres. Los primeros días se alimentó con pétalos de rosa que yo le di, pero pronto dejó de prestar atención a todo. Ya comenzaba a entonar las canciones tristes que aún me hacen tener sueños tristes.

Sus alas se cubrieron con un fino polvo plateado. Su cuerpo rosa y azul se fue haciendo blanco. Pensé que el invierno era el culpable de que ella fuese cada vez más transparente, pero horas antes del equinoccio vi que estaba muerta. Utilizó una telaraña como soga para atársela al cuello y apretar el nudo corredizo mientras yo dormía.

La miré. Yacía inmóvil en el fondo de un frasco de mermelada. No supe que debía cuidarla de sí misma… De sus ojos en blanco brotaban lágrimas que el aire hizo cristal y que el piso rompió. Le arranqué las alas para conservar un recuerdo antes de enterrarla en el jardín, bajo un arbusto marchito, justo en el mismo lugar donde la hallé.

El día en que ella murió dejé de creer en fantasías. Las hadas no existen. Jamás encontré otra.

Jéssica Montaño de Juárez

Joseph

June 24, 2011

–       No sé…

–       ¿QUÉ?

–       No sé si tú eres un ave…

–       ¿UN AVE?

–       Sí. ¿sabes? , a mí siempre me han gustado mucho los seres con plumaje, en especial aquellos que no pueden volar …

–       ¿Y LUEGO?

–       Ahora que te veo tan callado, tan distante, tu plumaje se desvanece y sólo puedo percibir un leve aleteo en tu espalda. Es entonces cuando creo que no eres un ave sino un ángel. Pensar en eso me da mucho miedo…

–       ¿MIEDO?

–       Sí. Los ángeles son como muertos. Vuelan demasiado alto. No respiran. No comen. No fornican. Deambulan por doquier en servicio de un Dios implacable.

–       ¡QUÉ TONTERÍA!

–       ¿Te parece una tontería? ¿Por qué?

Joseph no dijo nada. Se limitó a ponerse su chamarra para esconder sus alas. Se levantó y se fue caminado, lento, lento, hasta convertirse en un punto borroso al final de la avenida. Quise detenerlo. No lo hice… de nada hubiera servido…

Alejandra Cordero-León y Torres

Ego

June 24, 2011

Abre la puerta, sale de casa y camina por la calle. Alguien lo saluda. Ego crece y sigue andando. Unas chicas lo observan. Ego se infla hasta hacerse esponjoso. Se detiene y sonríe ante la luz roja. Luz verde.

Llega al parque. Una chica ríe en un columpio que cae. Ego habla, nadie lo escucha. No logra moverse. Grita. Se derrite en el piso como plastilina. La chica suspira y contempla las nubes, baja del columpio, huye para siempre. Ego se hace pequeño, muy pequeño. Miles de zapatos le pasan encima. El grito se convierte en una clave de sol.

Ego desaparece.

Jéssica Montaño de Juárez

Colchón de sueños

June 24, 2011

Había terminado de plancharle la camisa azul plúmbago que usaría esa noche, la que usaba cada noche que le decía que algún buscador de talentos vendría al club tratando de encontrar a un músico de jazz que mereciera la pena ser representado. Se esmeró en planchar la camisa, que no llevara la más mínima marca, ni una arruga.

Vivía para él.  Los mejores años de su vida los había vivido con él, su esposo, en aquél quinto piso, el último del edificio porque así lo había querido él; necesitaba privacidad para poder tocar su saxofón sin que nadie le interrumpiera o le distrajera la inspiración. Era un cuarto que, a la vez de recámara donde estaba su colchón de sueños, hacía de sala, comedor y cocina, con un pequeño baño ahí mismo adentro; no tenían para más pero a ella eso no le importaba, estar con él era lo esencial en su vida.

Él, dormía plácidamente a pierna suelta sobre el viejo colchón del que asomaban, en una esquina, los resortes que intentaban escapar por los agujeros que habían hecho al respingar. Trabajaba de noche, así que en el día se recuperaba durmiendo casi 12 horas. El alcohol corría en venturosos caudales toda la jornada; al final, los clientes terminaban totalmente ebrios que ni cuenta se daban de las notas tan  desafinadas ni de los temas incompletos que interpretaba.

Ella lo miraba y, mientras preparaba la cena, Billie Holiday se seguía escuchando en la radio casi como en un susurro para no despertarlo,

Cold or wet

Tired, you bet

All of this I’ll soon forget

With my man

– Al fin despiertas, flojo.- Le dijo ella en un tono amoroso.

-Siento como si hubiera dormido dos días seguidos, ¡y con un hambre!

-Ya casi está lista la cena, anda, aséate antes de venir  a sentarte.- No era un grande del jazz, no era famoso, no era rico, pero era todo lo que ella amaba en la vida.

Se levantó y se estiró para desperezarse, se duchó rápidamente. Al verlo, ella se le acercó de una manera provocativa, tratando de seducirlo, ofreciéndole sus labios e intentado quitarle la toalla. Él se resistió y se apartó de ella en un movimiento exacto, como ensayado. Ya había sucedido antes y ella ya lo venía sospechando. Había otra.

Y esa noche no habría una audición, como tampoco las había habido las últimas catorce veces que le había planchado esa misma camisa. Esa noche iría al club, tocaría hasta las dos de la mañana, como siempre, pero después se iría y amanecería con ella, con la otra.

No podía soportar más, había callado y sufrido en silencio desde el principio, desde la primera noche que no llegó sino hasta el amanecer. Lo amaba con toda el alma, pero también sabía que si seguía a su lado, terminaría siendo “la otra”. Con el tiempo, se descubriría a ella misma como a la mujer que tal vez él no dejaría por compasión o agradecimiento.

Ya eran las ocho de la noche. Él, se marchó al club. Ella, se quedó sola, sufriendo. ¿Qué iba a hacer? Esperaría a que la calma que impera en la noche le ofreciera la respuesta al manojo de preguntas que se enredaban en su mente. Intentó dormir y lo consiguió por un par de horas, porque el pesar, traicionero como es, no le permitió más. Padeció sola, a oscuras, sobre el colchón que por años había compartido con él.

Casi amanecía cuando tomó una decisión, se iría. Se levantó de la cama e hizo su maleta. Haciendo muestra de un gran arrojo, bajó por las escaleras del edificio dejando allá, encerrados bajo llave, todos los sueños que habían fabricado juntos, el futuro en los hijos que no tuvieron, las penurias por las que habían pasado y lo más importante, dejaba ahí y pegada a la puerta gritándole que volviera, la mitad de su vida, la mitad de su amor.

Él llegó a casa. También había sido una noche de decisiones para él y ya había resuelto dejar a la otra para estar con ella para siempre. Lástima, ahora ella no se enteraría que él también había padecido por su engaño. Pensaba que ella comprendería  que el ambiente en el que se movía, de noche, donde hay tentaciones más allá del cigarro y el alcohol, sería el culpable del trance por el que estaban atravesando. No vio su ropa y lo entendió, se había marchado y no dejó ni una carta de despedida, nada.

Estaba sentada en la sala de espera de la estación del ferrocarril. Ya no lloraba y respiraba pausadamente. Entonces percibió el olor de la madera añosa de los pisos de la estación y de la banca donde estaba sentada, aroma que la remitió al día en que lo conoció en aquél bar donde sería la primera vez que él tocara. Nunca olvidó la loción con esencia de madera que usó esa noche. -Nada tiene más memoria que el olfato.- le decía él y se sonrió al recordarlo.

Eran las seis de la tarde, se había quedado dormido después de tanto pensar y sin saber por dónde comenzar a buscarla. Entre sueños, pronunciaba su nombre y le pedía perdón; alargaba su brazo como intentando alcanzarla y cerraba su puño en señal de que la había sujetado. Despertó para descubrir que en su mano, reposaba la de ella. Confuso y soñoliento como estaba, no atinó a articular palabra.

-Al fin despiertas, flojo.-Le dijo de la manera más tierna que jamás él le hubiese escuchado.

-Levántate, la cena ya está servida.

Esa noche, no fue al club, la pasaron juntos, despiertos, sobre ese colchón roto, su fábrica de sueños, de ilusiones y los deseos de una vida próspera donde dejarían constancia de su paso por este mundo. Seguían siendo uno, siempre lo fueron y siempre lo serían.

 A la mañana siguiente, ella encontró la camisa azul plumbago, arrugada y tirada en la basura.

*My Man, Billie Holiday

 

María del Rosario González Orozco (MaRGO)

El poema

June 24, 2011

Él tenía preparado un poema, esperaba el momento para sorprenderla al verla, la recibiría con las mágicas palabas del poeta de urbano. Ella llegó de prisa. Le acarició bruscamente la entrepierna mientras le pregunta ¿qué? ¿Qué me ves?

La poesía entonces se convirtió en besos y caricias, pasó de los labios a las manos, recorrió la piel, los cabellos y la lengua mientras la acariciaba apresuradamente. Ella dispuesta a entregarse y dejarse querer. Él se comía y le arrancaba con los dientes la piel, ella clamaba apasionada, cuando de pronto, se detiene, lo aleja y le pregunta. ¿Qué no me habías escrito un poema?

Ileana Cepeda

La guardagujas

June 24, 2011

Sonaba Zenet en el tocadiscos

“Déjame esta noche, soñar contigo
Déjame imaginarme, en tus labios los míos.
Déjame que me crea que te vuelvo loca,
Déjame que yo sea quien te quite la ropa”

 

Él, paseaba por la habitación rodeando la cama y leyendo en voz baja  a Eliseo Diego:

“La eternidad por fin comienza un lunes,

Al día siguiente doy el nombre tuyo,

Y con la punta del cigarro escribo,

En plena oscuridad, aquí he vivido…”

 

Ella, sentada al filo de la cama se entretenía jugando con el agitador del vaso, removía la bebida como si estuviera enredando sus entrañas. Lo veía, lo recorría con los ojos sin dejar que se le escapara uno solo de sus movimientos, observaba sus ojos. Anticipaba sus movimientos con la mirada. Se levantó, dibujó con su dedo un silencio en su boca, y lo invitó a tomar de su vaso.

El filo del vaso acarició sus labios, los labios  que aún tenían pintados los besos que ella le vendió unos momentos antes. Levantó el vaso, y atormentado le pedía ayuda. No se escuchaba la voz de Eliseo Diego, sino murmullos parecidos a gritos que desgarraban sus oídos, los de ella. Y su boca, la de él, la arañaba la voz de Zenet con la aguja del tocadiscos que por casualidad se le tiró a ella, dentro de él. Salió tranquila de aquella habitación sin escucharlo, sin mirarlo y sin recuerdos. Murmurando la misma canción y el mismo poema.

Ileana Cepeda

La caverna

June 24, 2011

Se sienta en el suelo y observa la punta de su zapato. En su mente ronda la palabra abatido. Le duelen las venas. Los ligamentos. Se le ocurrió colocar frente a él un espejo; el que cuelga en el baño. Y se sentó, recargado en la pared, mirando la punta de su zapato derecho. La espalda encorvada, la barbilla casi rozando el pecho. Los ojos entrecerrados como a punto de dormir o concentrado en extremo. Respiración agitada a pesar de la inmovilidad.

Piensa en Elena.

Le provoca tomar café y encender un cigarrillo, pero desde mayo no fuma, hace nueve meses. Un humano pudo crearse en ese tiempo, piensa, como si significara algo. El café está abajo, esperándolo en la cafetera. No se levanta.

Realiza una inspección interior. No encuentra motivación. Le disgusta la conciencia de su existencia. Le gustaría no saber que está ahí, en esa posición tan incómoda. Y ridícula, piensa él, y siente una urgencia primitiva de reírse. Pero no lo hace, pues considera que sería inapropiado. Digamos, simplemente, que Gabriel no sabe reírse de sí mismo. Si lo hago en mi interior, es como si lo hiciera de verdad. Quizás por eso mismo, prefiere (lo decide) mantener la boca inexpresiva.

Es una huelga inútil. El jefe no sabe que Gabriel está en ese cuarto mal iluminado (una lámpara en la mesita de noche, nada más) muriendo de hambre y sueño porque el sentimiento de miseria le produce un sufrimiento que, de alguna forma, compensa el vacío que permanece en el cuerpo tras jornadas de trabajo de catorce horas, seis días a la semana.

Ayer, Gabriel fue al supermercado a comprar leche. Recordó una película donde se muestra a una aeromoza colocando un platito rojo lleno de leche en el suelo de la cabina. Un pasajero se para junto al plato, se pone de rodillas, y comienza a beber la leche como lo haría un gato. A ningún pasajero le parece extraña la situación. De vuelta en el supermercado, Gabriel sorprendió a una mujer comiéndose uvas que aún no había pagado. La observó durante algunos segundos. Tres uvas, cuatro uvas, y siguió de largo. Dos minutos después, otra señora hizo lo mismo. A nadie pareció extrañarle la situación. Gabriel se preguntó qué pasaría si pusieran en el suelo un platito rojo lleno de leche junto a las uvas.

Pasó a la tienda de discos antes de llegar a casa. La miró de reojo con una rapidez bien disimulada. A Elena, la Elena de siempre. Ese día, como todos los anteriores, no se atrevió a dirigirle la palabra. La encontraría días después en el cinematógrafo. Una bolsa pequeña de palomitas sabor natural y un refresco de naranja. Escuchaba música con los audífonos en las orejas. Entraron a la sala. Se sentó atrás de ella. Miraba con una claridad de alta definición cómo la cabeza de Elena subía y bajaba con el movimiento de la quijada, mientras masticaba las palomitas. El pelo rubio y liso. Gabriel comenzó a leer el resto de sus movimientos. Los interpretaba a su favor. Levantar los brazos, estirándose, por ejemplo, significaba que ella lo estaba alertando sobre su existencia. Como diciéndole: Mírame, Gabriel, aquí estoy, tan bella e inalcanzable.

El recuerdo de una nota musical en una canción de Mozart le produce un escalofrío que ninguna mujer ha logrado igualar. La nota, piensa, viene del mundo de las ideas. Se coló a esta realidad, pero nadie lo sabe aún. Y espera que la situación permanezca así por mucho tiempo. Mímesis, le gusta esa palabra.

Gabriel admira a los escritores que crean personajes femeninos infantiles. Lo que admira es la capacidad de reproducir la voz de una niña. Aunque ha notado una desagradable tendencia a simplificar esa voz, como un recurso barato, cuyo efecto no resulta tan memorable como el de los esfuerzos realizados con el cuidado que sólo la sensibilidad de un verdadero artista puede crear. Recuerda un cuento que escribió un tal Carlos Calles, sobre una niña que tiene un gato. Lo que no recuerda es qué más sucedía en el cuento, pero la voz de la niña es inverosímil y bastante desagradable.

La noche cayó con una fuerza que trajo consigo el frío y el viento. ¿Por qué se mueve el viento?, preguntó Gabriel en la escuela secundaria. El maestro le dijo que lo investigara en la biblioteca de la escuela. ¿Usted no sabe, maestro? Sí, sí sé, pero si te lo digo, dejarás de pensar y cuestionarte sobre tu entorno. En cambio, si lo buscas tú, lo recordarás para siempre. Gabriel olvidó buscar la razón de por qué se mueve el viento. Imaginó que tendría que ver con la gravedad, las mareas, la luna o algún capricho divino relacionado con el magnetismo y la dinámica de los cuerpos inertes que se desplazan en el aire.

Gabriel era como el hombre imaginario de Nicanor Parra; lo único real (en ese momento, y siempre) era el dolor. El viento no se movía en la habitación. La punta del zapato lo aburre. Gabriel, en una epifanía que sin duda surge de la lástima que en ese momento siente por sí mismo, acepta que Elena no existe. La soledad lo carcome, y lo escupe hacia el espejo frente a él, que le regresa la imagen de la incertidumbre.

Carlos Calles