Archive for the ‘Carlos Calles’ Category

La caverna

June 24, 2011

Se sienta en el suelo y observa la punta de su zapato. En su mente ronda la palabra abatido. Le duelen las venas. Los ligamentos. Se le ocurrió colocar frente a él un espejo; el que cuelga en el baño. Y se sentó, recargado en la pared, mirando la punta de su zapato derecho. La espalda encorvada, la barbilla casi rozando el pecho. Los ojos entrecerrados como a punto de dormir o concentrado en extremo. Respiración agitada a pesar de la inmovilidad.

Piensa en Elena.

Le provoca tomar café y encender un cigarrillo, pero desde mayo no fuma, hace nueve meses. Un humano pudo crearse en ese tiempo, piensa, como si significara algo. El café está abajo, esperándolo en la cafetera. No se levanta.

Realiza una inspección interior. No encuentra motivación. Le disgusta la conciencia de su existencia. Le gustaría no saber que está ahí, en esa posición tan incómoda. Y ridícula, piensa él, y siente una urgencia primitiva de reírse. Pero no lo hace, pues considera que sería inapropiado. Digamos, simplemente, que Gabriel no sabe reírse de sí mismo. Si lo hago en mi interior, es como si lo hiciera de verdad. Quizás por eso mismo, prefiere (lo decide) mantener la boca inexpresiva.

Es una huelga inútil. El jefe no sabe que Gabriel está en ese cuarto mal iluminado (una lámpara en la mesita de noche, nada más) muriendo de hambre y sueño porque el sentimiento de miseria le produce un sufrimiento que, de alguna forma, compensa el vacío que permanece en el cuerpo tras jornadas de trabajo de catorce horas, seis días a la semana.

Ayer, Gabriel fue al supermercado a comprar leche. Recordó una película donde se muestra a una aeromoza colocando un platito rojo lleno de leche en el suelo de la cabina. Un pasajero se para junto al plato, se pone de rodillas, y comienza a beber la leche como lo haría un gato. A ningún pasajero le parece extraña la situación. De vuelta en el supermercado, Gabriel sorprendió a una mujer comiéndose uvas que aún no había pagado. La observó durante algunos segundos. Tres uvas, cuatro uvas, y siguió de largo. Dos minutos después, otra señora hizo lo mismo. A nadie pareció extrañarle la situación. Gabriel se preguntó qué pasaría si pusieran en el suelo un platito rojo lleno de leche junto a las uvas.

Pasó a la tienda de discos antes de llegar a casa. La miró de reojo con una rapidez bien disimulada. A Elena, la Elena de siempre. Ese día, como todos los anteriores, no se atrevió a dirigirle la palabra. La encontraría días después en el cinematógrafo. Una bolsa pequeña de palomitas sabor natural y un refresco de naranja. Escuchaba música con los audífonos en las orejas. Entraron a la sala. Se sentó atrás de ella. Miraba con una claridad de alta definición cómo la cabeza de Elena subía y bajaba con el movimiento de la quijada, mientras masticaba las palomitas. El pelo rubio y liso. Gabriel comenzó a leer el resto de sus movimientos. Los interpretaba a su favor. Levantar los brazos, estirándose, por ejemplo, significaba que ella lo estaba alertando sobre su existencia. Como diciéndole: Mírame, Gabriel, aquí estoy, tan bella e inalcanzable.

El recuerdo de una nota musical en una canción de Mozart le produce un escalofrío que ninguna mujer ha logrado igualar. La nota, piensa, viene del mundo de las ideas. Se coló a esta realidad, pero nadie lo sabe aún. Y espera que la situación permanezca así por mucho tiempo. Mímesis, le gusta esa palabra.

Gabriel admira a los escritores que crean personajes femeninos infantiles. Lo que admira es la capacidad de reproducir la voz de una niña. Aunque ha notado una desagradable tendencia a simplificar esa voz, como un recurso barato, cuyo efecto no resulta tan memorable como el de los esfuerzos realizados con el cuidado que sólo la sensibilidad de un verdadero artista puede crear. Recuerda un cuento que escribió un tal Carlos Calles, sobre una niña que tiene un gato. Lo que no recuerda es qué más sucedía en el cuento, pero la voz de la niña es inverosímil y bastante desagradable.

La noche cayó con una fuerza que trajo consigo el frío y el viento. ¿Por qué se mueve el viento?, preguntó Gabriel en la escuela secundaria. El maestro le dijo que lo investigara en la biblioteca de la escuela. ¿Usted no sabe, maestro? Sí, sí sé, pero si te lo digo, dejarás de pensar y cuestionarte sobre tu entorno. En cambio, si lo buscas tú, lo recordarás para siempre. Gabriel olvidó buscar la razón de por qué se mueve el viento. Imaginó que tendría que ver con la gravedad, las mareas, la luna o algún capricho divino relacionado con el magnetismo y la dinámica de los cuerpos inertes que se desplazan en el aire.

Gabriel era como el hombre imaginario de Nicanor Parra; lo único real (en ese momento, y siempre) era el dolor. El viento no se movía en la habitación. La punta del zapato lo aburre. Gabriel, en una epifanía que sin duda surge de la lástima que en ese momento siente por sí mismo, acepta que Elena no existe. La soledad lo carcome, y lo escupe hacia el espejo frente a él, que le regresa la imagen de la incertidumbre.

Carlos Calles

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Las palabras tan comunes

June 24, 2011

Gabriel fue al supermercado a comprar leche. Recordó una película donde se muestra a una aeromoza colocando un platito rojo lleno de leche en el suelo de la cabina. Un pasajero se para junto al plato, se pone de rodillas, y comienza a beber la leche como lo haría un gato. A ningún pasajero le parece extraña la situación. De vuelta en el supermercado, Gabriel sorprendió a una mujer comiéndose uvas que aún no había pagado. La observó durante algunos segundos. Tres uvas, cuatro uvas, y siguió de largo. Dos minutos después, otra señora hizo lo mismo. A nadie pareció extrañarle la situación. Gabriel se preguntó qué pasaría si pusieran en el suelo un platito rojo lleno de leche junto a las uvas.

Pasó a la tienda de discos antes de llegar a casa. La miró de reojo con una rapidez bien disimulada. A Elena, la Elena de siempre. Ese día, como todos los anteriores, no se atrevió a dirigirle la palabra. La encontraría días después en el cinematógrafo. Una bolsa pequeña de palomitas sabor natural y un refresco de naranja. Entraron a la sala. Se sentó atrás de ella. Miraba con una claridad de alta definición cómo la cabeza de Elena subía y bajaba con el movimiento de la quijada, mientras masticaba las palomitas. El pelo rubio y liso. Gabriel comenzó a leer el resto de sus movimientos. Los interpretaba a su favor. Levantar los brazos, estirándose, por ejemplo, significaba que ella lo estaba alertando sobre su existencia. Como diciéndole: Mírame, Gabriel, aquí estoy, tan bella e inalcanzable.

La siguió. Vivía en la calle Mapimí número dieciséis. Era un verano silencioso.

Carlos Calles