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A Jacinta

June 24, 2011

Ya soltaron a Jacinta, soltaron a Jacinta,  gritó el montón de escuincles mientras corría a uno y otro lado de la calle

Una pareja de ancianos,  al oír el alboroto, asomó a la puerta de su  jacal. Esperaban de pie,  la vista fija en la empinada  y serpenteada vereda.  Él,  apoyado en un burdo bastón, antes, rama de un árbol. El ajado rostro de los ancianos de pronto se volvió transparente, hablaba sin hablar. De la Incertidumbre pasó a la incredulidad, luego al regocijo y por fin a la paz, esa paz interior que regala la vida después de haber andado tiempo en ella.

A lo lejos, la diminuta figura se acercaba. El anciano entrecerraba los ojos para distinguir un poco mejor. La anciana, con las manos extendidas a la altura de su frente se cubría del sol. La figura aparecía y desaparecía entre los cafetales.

Aunque cerca Jacinta, los ancianos no podían verla. ¿Era su vista que hacía tiempo los traicionaba o eran las lágrimas? Restregaban sus ojos, esos ojos que la habían llorado tanto y ahora lloraban de contento. Ella se acercó y los abrazó. Tata, nana, tenía miedo de no volverlos a ver. Estos tres años fueron harto largos. Es la espera lo que nos mantiene de pie, comentó el abuelo. Ahora sí puedo morir tranquilo sabiendo que estás entre los tuyos. La mera verdad, tata, sólo Dios sabe. Firmé y firmé papeles sin ver lo que eran. Puros malos entendidos, mija, Afigúrese, que secuestré a nueve soldados, que falté a la autoridad, autoridad que ni conocía. De lo que sí me pueden acusar tata, es de no pensar como ellos, de no vestir como ellos. Si eso es delito, entonces, tienen razón. Usté que me enseñó a hilar, nana, dígame: ¿es eso tan malo?  Has de traer hambre, dijo la abuela, y le acercó una taza de café negro y una tortilla enrrollada.

Aidé Cavazos