El asesino de los jardines místicos

Tañen las campanas jazmíneas

Y el reborboteante sabor de las plebes libaciones

Que empapa el gañote de las pérfidas multitudes,

-empañando lo que los hace mujeres y hombres-

claman ansiosos la sangre taimada

Que habrá de derramarse como putrefacta y bautismal lluvia mefistofélica

Sobre la aridez del aserrín

bajo los pies del presuntuoso sayón.

Escoltado por guachimanes malencarados,

Un inverecundioso ente de funesto hado

Es recibido entre silbidos y zullas,

que salen a su encuentro volando más alto

que los rapiñeros aéreos que esperan,

 de su cuerpo,

deleitarse a bocados…

Y a jazmín olían sus pies y sus manos.

Azurumbado y confundido

Desde el estoico patíbulo

En la vera que divide a los monstruos de los que seguirán vivos,

Verraquean las hembras

Y desafinan belicosos chillidos guturales los machos

A un eco pantagruélico

que se eleva a 130 decibelios…

Y una mueca de malevolente alegría

lo recorre todo con peyorativa entrega,

Pues Él es la abominable estrella

de éste macabro circo de la miseria…

“¡Quéla SantaInquisiciónme escalde la piel en la ordalía,

Que agonice mi espíritu insurrecto en la estrágula maldita

Y penda mi cuerpo del cadalso como una guinda podrida!

¡Qué se atreva el empalador a verme brotar moscas de las heridas

Y se disgreguen los pueblos implorando arrodillados

Arrebatarse mi cuerpo en pedazos

y desfilar por las calles mis restos

A que los engullan las ratas, los buitres y los gusanos”

Rosas fragantes,

Gladiolas sensuales,

Nardos brillantes,

Alcatraces glaseados con sudor de diamantes,

¡NO!

 Habían sido los jazmines alabastrinos la dulce añagaza

Con los que amarteló los corazones vanagloriados

de las ingenuas margaritas cuyas sayas de percal tornasolado

sirvieron luego para tapar con ellas

sus figuras pioncas y bellidas,

-como flores machacadas en el suelo-

y lloraron esas noches las palomas en su desespero,

porque les habían devuelto antes de tiempo

-y en secreto-

otro ángel

al Reino de los Cielos.

¡Ay, que inútiles cavilaciones!

¡si tan sólo se apiadasen con la vehemente compasión

De quien sale exculpado

De los voluptuosos pecados de la pasión!

Tal cual aquel guachamarón adolescente,

Imberbe grumete de los navíos capitaneados

Por la lúbrica mano de Pandemos Afrodita

Durante los crepúsculos nacarados del mes de la perla

Y se le exorcizaran de los pulmones todo suspiro venéreo,

Las palmas sin la mácula del tacto ajeno volviesen como el aguar

Límpido y etéreo de su risotada de niño eterno,

Huyendo con pies más veloces que el aletear de Ocípete

De las perversiones de la díscola jauría humana.

Pero…

Tisífone afila las gemas lúgubres de sus garras,

Y llega la hora de desbordar los manantiales hemáticos

Para que la dita moral sea saldada,

Y se colme el azud de revancha

de la muchedumbre airada.

Cual plectro disoluto de la cítara del diablo

El cántico de la muerte emanaba de los poros del verdugo

Y del calor de sus pliegues,

Subían nubarrones empolvados…

Y jazmín era el color de su carne entre sus manos.

Insípida como baba de virgen quinceañera

E inaudible como gritos de hormiga en una maceta,

un retoño de caléndula

con fingida displicencia lo contempla,

Tan nítida y lejana,

Como el reloj de hada que vuela al soplo de Céfiro

por las colinas más altas…

Traslucen por su  piel

sus vénulas azuladas.

El miedo no atenaza los intestinos del condenado.

Ni dilata su vejiga.

No eriza el pelo de su cuerpo

Ni hace que corra una lágrima por sus mejillas

Cuando al aire surcan con fuerza,

Chocando contra su cabeza,

dos, tres o más

botellas llenas de espesa brea y

dos tres o más

picas de madera

de cuyo extremo emerge la rosa ululante que purifica las praderas secas,

y el calor humeante enardece a la audiencia…

y conforme la antorcha se ciega

la multitud y el sayón,

siguiendo el ejemplo del buen sol,

se van a tomar la siesta.

La niña de la caléndula,

Única que se quedó hasta el final,

Comprueba que del linchado,

 su cuerpo,

el piso no alcanzó a azotar:

Erecto cual ficus viejo

Su cadáver sujetó como con cuerdas está…

Descubre pendiendo de su mano tiznada y seca

Algo que el fuego

no alcanzó a devorar:

Un jazmín suave como capullo de algodón,

Que con infantil codicia,

Al muerto le desea arrebatar:

Cuál no será su infeliz desdicha,

Que sus dedos el hombre árbol

De un apretón de manos le ha arrancado.

Sale la pequeña caléndula llorando,

tras de ella:

Un riachuelo colorado y a jazmines perfumado…

Y es sobre los ónices cristales de su sangre congelada

Que nacen los jazmines que anuncian la mañana.

Victoria de la Torre

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