Clavos

El hombre llegó a su casa tremendamente borracho e insertó trabajosamente la llave en la puerta de  entrada. El click lo hizo sonreír en medio de su inconsciencia alcohólica. Abrió con lentitud la hoja que dio paso primero a la luz mercurial y acto seguido a su sombra que parecía arrastrarse en el piso. Cerró tras de sí y trastabillando avanzó lentamente hasta alcanzar el pasamanos de la escalera. La ascendió lentamente mientras dejaba escapar varios eructos que salían involuntarios de su garganta. Cruzó por el pasillo que conducía a su alcoba. Llegó a la puerta sosteniéndose en las paredes y esbozó una sonrisa. Abrió. Entró. En la cama, bajo la sábana, su esposa semejaba una pequeña montaña cubierta de nieve. Se sentó en su lado e iba a quitarse la corbata cuando su cuerpo lo dejó a su suerte prefiriendo descansar en la suavidad que lo reclamaba. El hombre estaba dormido y roncaba como lo hacen los borrachos perdidos.

   Soñaba. Soñaba que su hijo lloraba y que era de noche, y que él estaba vestido para ir al trabajo, y que el niño pedía a gritos su presencia y que él se angustiaba, y que se levantaba  e iba inmediatamente a ver lo que le ocurría. Y abría la puerta de su cuarto y que avanzaba por el pasillo casi temblando y que entraba en el cuarto del niño y que lo veía llorando y que se acercaba y le preguntaba ¿pero por qué estás llorando? Y el niño tomaba su cabello con las dos manitas  y decía tengo un dolor aquí y se tocaba la cabecita y él veía en ella que tenía incrustado un clavo y que le decía, pobrecito, pero cómo no te va a doler y se lo quitaba de un tirón y el niño gritaba cuando esto sucedía  y que él con el clavo en la mano volteaba hacia la puerta donde su esposa gritaba y lloraba y decía que él era un asesino porque había matado a su hijo y veía a varios policías salir quién sabe de donde, que entraban y lo aprehendían y lo llevaban al bote y en una corte un juez lo sentenciaba  a la pena de muerte y él argumentaba que no había matado a su hijo, que sólo le había quitado el clavo de su cabeza y que no era culpable de nada. Y que el juez le argumentaba: “Al quitárselo lo ha matado” que todos tenía uno y le mostró el que él tenía en la espalda y los policías en las rodillas y que el mismo lo tenía en un costado y que la pena de muerte consistía en retirárselo así como él lo había hecho con su hijo, y lo sometieron entre varios y el juez le sacaba su clavo y todo se oscurecía.

   Despertó agitado y sudaba como si estuviera en un horno.  Y escuchó que su hijo le hablaba y fue a ver lo que le sucedía.  Se acercó a la cama y su hijo le dijo que le dolía la cabeza y se tomaba el pelo con sus manitas, y él, viendo un  clavo en el piso fue a tomarlo rápidamente y le dijo a su hijo: Pobrecito, pero ahorita te pongo tu clavito, para que se te quite el dolor.

 Juan Manuel Carreño

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